nos resulta seguro y palpable que el punto de vista superior para la conducción de la guerra, a partir del cual deben proceder sus líneas principales, no puede ser otro que el de la política.
Desde este punto de vista, los planes surgen, por decirlo así, de un molde; la comprensión de estos y el juicio sobre ellos se vuelven más fáciles y naturales, nuestras convicciones al respecto ganan fuerza, los motivos son más satisfactorios y la historia más inteligible.
En todo caso, desde este punto de vista, ya no existe en la naturaleza de las cosas un conflicto necesario entre los intereses políticos y militares, y allí donde este aparece, debe considerarse, por tanto, únicamente como un conocimiento imperfecto.
Que la política formule exigencias a la guerra a las que esta no puede responder sería contrario a la suposición de que conoce el instrumento que va a utilizar y, por consiguiente, contrario a una suposición natural e indispensable. Pero si juzga correctamente el curso de los acontecimientos militares, compete enteramente a ella, y solo a ella puede competer, determinar cuáles son los acontecimientos y cuál la dirección de los mismos más favorables al fin supremo y último de la guerra.
En una palabra, el arte de la guerra en su punto de vista más elevado es la política, pero, sin duda, una política que libra batallas, en lugar de redactar notas.
Según este punto de vista, dejar una gran empresa militar, o el plan para una, a un juicio y decisión puramente militares, es una distinción que no puede admitirse, y que resulta incluso perjudicial; en verdad, es un procedimiento irracional consultar a los soldados profesionales sobre el plan de una guerra para que emitan una opinión puramente militar sobre lo que el gabinete debe hacer; pero aún más absurda es la exigencia de los teóricos de que se le presente al general un estado de los medios de guerra disponibles, para que este elabore un plan puramente militar para la guerra o para una campaña de acuerdo con dichos medios. La