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CAPÍTULO IX. Plan de guerra cuando el objeto es la destrucción del enemigo

primera en exclamar: ¡Este ya no es el viejo Buonaparte! ¿Cómo es que no ha llegado siquiera a una primera gran batalla?; él, que solía poner el sello definitivo a sus conquistas en las últimas murallas de los estados enemigos, mediante victorias como las de Austerlitz y Friedland. ¿Le ha fallado el valor para no tomar la capital enemiga, la indefensa Moscú, dispuesta a abrir sus puertas, y haber dejado así un núcleo en torno al cual puedan agruparse nuevos elementos de resistencia? Tuvo la singular suerte de tomar este lejano y enorme coloso por sorpresa, tan fácilmente como se sorprende a una ciudad vecinal, o como Federico el Grande entró en el pequeño estado de Silesia, situado a su puerta, y no hace uso de su buena fortuna, se detiene en mitad de su carrera victoriosa, ¡como si algún espíritu maligno lo persiguiera de cerca! De esta manera habría sido juzgado después del resultado, pues esta es la tónica general de los juicios de los críticos.

En oposición a esto, afirmamos que la campaña de 1812 no tuvo éxito porque el gobierno se mantuvo firme, el pueblo leal y constante, porque por lo tanto no podía tener éxito. Buonaparte puede

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