Desde tiempos inmemoriales, solo las grandes victorias han conducido a grandes éxitos: por parte de la ofensiva, de manera absoluta; por parte de la defensiva, de un modo más o menos satisfactorio. Incluso Buonaparte no habría visto el día de Ulm, único en su género, de haber rehuido el derramamiento de sangre; este debe considerarse más bien como un segundo fruto de los acontecimientos victoriosos de sus campañas precedentes. No solo los generales audaces, temerarios y presuntuosos han tratado de coronar su obra mediante la gran empresa de una batalla decisiva, sino también los afortunados; y podemos quedar satisfechos con la respuesta que de este modo han dado a tan vasta cuestión.
No nos hablemos de generales que conquistan sin derramamiento de sangre. Si una sangrienta carnicería es un espectáculo horrible, eso es motivo para respetar más la guerra, pero no para ir embotando gradualmente la espada que llevamos por sentimientos de humanidad, hasta que alguien se presente con una afilada y nos arranque el brazo del cuerpo.
Consideramos una gran batalla como una decisión principal, pero ciertamente no como la única necesaria para una guerra o una campaña. Los casos de una gran batalla que decida toda una campaña han sido frecuentes solo en los tiempos modernos; aquellos que han decidido toda una guerra pertenecen a la clase de las raras excepciones.
Una decisión producida por una gran batalla depende naturalmente no de la batalla en sí, es decir, de la masa de combatientes comprometidos en ella y de la intensidad de la victoria, sino también de una serie de otras relaciones entre las fuerzas militares opuestas entre sí, y entre los Estados a los que dichas fuerzas pertenecen. Pero al mismo tiempo que la masa principal de la fuerza disponible es llevada al gran duelo, se desencadena también una gran decisión, cuyo