En realidad, el desprecio por la defensiva ha sido siempre el resultado de que algún método particular de defensa se hubiera desgastado (hubiera pasado de moda); y esto fue exactamente lo que ocurrió con el método que acabamos de mencionar, pues en épocas anteriores al periodo al que nos referimos, ese mismo método era superior a la ofensiva.
Si repasamos el desarrollo progresivo del arte moderno de la guerra, hallamos que en los comienzos —esto es, la guerra de los Treinta Años y la guerra de Sucesión Española—, el despliegue y la formación en orden de batalla del ejército constituían uno de los puntos principales y rectores relacionados con el combate. Era la parte más importante del plan de batalla. Esto le otorgaba a la defensa, por lo general, una gran ventaja, ya que el bando defensor ya se hallaba formado y desplegado.
Tan pronto como las tropas adquirieron una mayor capacidad de maniobra, esta ventaja cesó y la superioridad pasó temporalmente al bando de la ofensiva. Entonces, la defensa buscó cobijo tras ríos o valles profundos, o en terrenos elevados. Así, la defensa recuperó la ventaja y siguió manteniéndola hasta que la ofensiva adquirió una movilidad y una destreza en la maniobra tan acrecentadas que ella misma pudo aventurarse en terreno accidentado y atacar en columnas separadas, y por lo tanto llegó a ser capaz de envolver a su adversario.
Esto condujo a un aumento gradual en la longitud de las posiciones, como consecuencia del cual, sin duda, se le ocurrió a la ofensiva concentrarse en unos pocos puntos y romper la delgada línea del enemigo. De este modo, la ofensiva cobró ascendiente por tercera vez, y la defensa se vio obligada de nuevo a alterar su sistema. Esto lo ha hecho en las guerras recientes manteniendo sus fuerzas concentradas en grandes masas, la mayor parte sin desplegar y, a ser posible, ocultas, adoptando así meramente una posición de disponibilidad para actuar conforme a las medidas del enemigo tan pronto como estas se revelen lo suficiente.