Es verdad que aun hoy ningún ejército puede prescindir por completo de algunos carros de víveres, pero su número se ha visto inmensamente reducido, y apenas se requiere más que lo suficiente para trasladar el excedente de un día al siguiente.
Circunstancias peculiares, como en Rusia en 1812, pueden obligar de nuevo a un ejército a llevar un tren enorme, así como hornos de campaña; pero, en primer lugar, estos son casos excepcionales, pues ¡qué raras veces ocurrirá que 300.000 hombres realicen un avance hostil de 130 millas por casi un solo camino, y ello a través de países como Polonia y Rusia, y poco antes de la época de la cosecha!; y, en segundo lugar, cualquier medio de abastecimiento adjunto a un ejército en tales casos solo puede considerarse como una ayuda en caso de necesidad, debiendo considerarse siempre las contribuciones del país como la base de todo el sistema de abastecimiento.
Desde las primeras campañas de la guerra revolucionaria francesa, el sistema de requisa ha constituido constantemente el puntal de sus ejércitos; los ejércitos que se les oponían también se vieron obligados a adoptar el mismo sistema, y no es nada probable que llegue a ser abandonado jamás. No hay ningún otro que pueda sustituirlo con los mismos resultados, tanto en lo que respecta a su simplicidad y ausencia de restricciones, como en lo que atañe a la energía en la prosecución de la guerra. Como un ejército rara vez se ve en dificultades por causa de las provisiones durante las primeras tres o cuatro semanas de una campaña, cualquiera que sea la dirección que tome, y posteriormente puede ser auxiliado por los almacenes, bien podemos decir que por este método la guerra ha adquirido la más perfecta libertad de acción.