Dondequiera que se halle el punto de ataque más natural, allí deben hacerse preferentemente los preparativos defensivos.
Por tanto, entre los múltiples caminos importantes que conducen desde el país enemigo hasta el nuestro, debemos fortificar en primer lugar aquel que lleva de forma más directa al corazón de nuestros dominios, o el que, atravesando provincias fértiles o discurriendo paralelo a ríos navegables, facilita la empresa del enemigo, y entonces podremos estar tranquilos.
El atacante se topa entonces con estas obras o, si decide pasarlas de largo, ofrecerá naturalmente una oportunidad favorable para emprender operaciones contra su flanco.
Viena es el corazón del sur de Alemania, y claramente Múnich o Augsburgo, en relación únicamente con Francia (suponiendo por tanto que Suiza e Italia son neutrales), serían más eficaces como fortaleza principal que Núremberg o Wurzburgo.
Pero si, al mismo tiempo, observamos los caminos que conducen desde Italia hasta Alemania a través de Suiza y el Tirol, esto se hará todavía más evidente, porque, en relación con estos, Múnich y Augsburgo serán siempre lugares de importancia, mientras que Wurzburgo y Núremberg vienen a ser lo mismo, en este aspecto, que si no existieran.
Pasamos ahora a la segunda pregunta: ¿Deben situarse las fortalezas en la frontera, o distribuirse por el país? En primer lugar, debemos observar que, en lo que respecta a los estados pequeños, esta pregunta es superflua, pues lo que se llama fronteras estratégicas coincide, en su caso, casi con todo el país. Cuanto mayor se supone que es el estado para la consideración de esta cuestión, más evidente resulta la necesidad de que sea respondida.
La respuesta más natural es que las fortalezas pertenecen a las fronteras, ya que deben defender al Estado, y el Estado se defiende en la medida en