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CAPÍTULO VIII. Objeto limitado: la defensa

Federico abandonó entonces toda idea de una ofensiva real, pues vio que esta no hacía más que aumentar la desproporción de su ejército. Una posición compacta en el corazón de su propio país, en Sajonia y Silesia; el uso de líneas cortas, para poder incrementar rápidamente sus fuerzas en cualquier punto que se viera amenazado; una batalla cuando fuera inevitable; pequeñas incursiones cuando se presentara la oportunidad y, junto con ello, una paciente espera (expectativa), un ahorro de sus medios para tiempos mejores, se convirtieron desde entonces en su plan general. Gradualmente, la ejecución del mismo se fue volviendo cada vez más pasiva. Como vio que incluso una victoria le costaba demasiado, intentó arreglárselas a un coste aún menor; todo dependía de ganar tiempo y de conservar lo que tenía; por consiguiente, se aferró más a no ceder terreno y no dudó en adoptar un perfecto sistema de cordón. Las posiciones del príncipe Enrique en Sajonia, así como las del rey en las montañas silesianas, pueden calificarse de este modo. En sus cartas al marqués d’Argens, manifiesta la impaciencia con la que aguarda los cuarteles de invierno y la satisfacción que sentía al poder ocuparlos de nuevo sin haber sufrido ninguna pérdida grave.

Quienquiera que culpe a Federico por esto, y lo considere una señal de que su espíritu se había abatido, emitiría, a nuestro juicio, un juicio sin demasiada reflexión.

Si el campamento atrincherado de Bunzelwitz, las posiciones adoptadas por el príncipe Enrique en Sajonia y por el rey en las montañas de Silesia no nos parecen hoy medidas en las que un general deba confiar en última instancia —porque un Buonaparte habría atravesado pronto con su espada tales telarañas tácticas—, no debemos olvidar que los tiempos han cambiado, que la guerra se ha transformado en algo totalmente distinto, avivada con nuevas energías, y que por tanto las posiciones pudieron ser

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