convenga más aceptar el combate; y segundo, sorprenderlo. Este último método, que antes tenía una razón de ser debido a la extrema dificultad de todos los movimientos, se ha vuelto en los tiempos modernos muy ineficaz.
Dada la flexibilidad y la capacidad de maniobra de las tropas en la actualidad, uno no duda en iniciar una retirada aun a la vista del enemigo, y solo algunos obstáculos especiales en la naturaleza del terreno pueden causar dificultades graves en la operación.
Como ejemplo de este tipo puede citarse la batalla de Neresheim, librada por el archiduque Carlos contra Moreau en el Rauhe Alp, el 11 de agosto de 1796, meramente con el propósito de facilitar su retirada, aunque confesamos abiertamente que nunca hemos llegado a comprender del todo el razonamiento del propio y reputado general y autor en este caso.
La batalla de Rosbach(*) es otro ejemplo, si suponemos que el comandante del ejército aliado no tenía realmente la intención de atacar a Federico el Grande.
De la batalla de Soor,(*) el propio Rey dice que solo se libró porque una retirada en presencia del enemigo le parecía una operación crítica; al mismo tiempo, el Rey también ha dado otras razones para la batalla.
En general, exceptuando las sorpresas nocturnas habituales, tales casos serán siempre de rara ocurrencia, y aquellos en los que un enemigo se ve obligado a combatir por encontrarse prácticamente rodeado, ocurrirán principalmente solo a cuerpos aislados, como el de Mortier en Dürrenstein en 1809, y el de Vandamme en Kulm, en 1813.