en muchos supuestos ocurre exactamente lo contrario, y este hecho nunca debe pasarse por alto.
Pero no es necesario ni deseable que la crítica se identifique por completo con la persona que actúa. En la guerra, como en todos los asuntos de destreza, se requiere una cierta aptitud natural que se llama talento. Este puede ser grande o pequeño. En el primer caso, puede fácilmente ser superior al del crítico, pues ¿qué crítico puede pretender la habilidad de un Federico o un Buonaparte? Por tanto, si la crítica no ha de abstenerse por completo de emitir una opinión cuando se trata de un talento eminente, debe permitírsele hacer uso de la ventaja que le otorga su horizonte ampliado.
La crítica no debe, por consiguiente, tratar la solución de un problema por parte de un gran general como una suma aritmética; solo a través de los resultados y de las exactas coincidencias de los acontecimientos puede reconocer con admiración cuánto se debe al ejercicio del genio, y solo así llega a conocer la combinación esencial que la mirada de ese genio ideó.