Aquellas cosas que como elementos se reúnen en la atmósfera de la Guerra y hacen de ella un medio resistente para toda actividad que hemos designado bajo los términos peligro, esfuerzo corporal (fatiga), información y fricción.
En sus efectos impidientes, por lo tanto, pueden ser comprendidas nuevamente bajo la noción colectiva de una fricción general.
¿Acaso no hay, entonces, ningún tipo de aceite que sea capaz de disminuir esta fricción? Uno solo, y ese uno no siempre está disponible a voluntad del Comandante o de su Ejército. Es la habituación de un Ejército a la Guerra.
El hábito da fuerza al cuerpo en los grandes esfuerzos, a la mente en los grandes peligros, al juicio contra las primeras impresiones. Mediante él se adquiere por lo general una valiosa circunspección en todos los rangos, desde el húsar y el tirador hasta el General de División, lo cual facilita la labor del Comandante en Jefe.
Como el ojo humano en una habitación oscura dilata su pupila, absorbe la poca luz que hay, distingue parcialmente los objetos poco a poco y al fin los conoce muy bien, así ocurre en la guerra con el soldado experimentado, mientras que al novato solo le sale al paso la más absoluta oscuridad.
La habituación a la guerra, ningún general puede dársela a su ejército de golpe, y los campamentos de maniobras (ejercicios de paz) apenas ofrecen un débil sustituto de ella, débil en comparación con la experiencia real en