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CAPÍTULO IV. El combate en general

En el último capítulo hemos mostrado la destrucción del enemigo como el verdadero objetivo del combate, y hemos procurado demostrar mediante una consideración especial del punto, que esto es así en la mayoría de los casos, y con respecto a las batallas más importantes, porque la destrucción del ejército enemigo es siempre el objeto preponderante en la guerra.

Los otros objetos que pueden mezclarse con esta destrucción de la fuerza enemiga, y que pueden tener mayor o menor influencia, los describiremos en general en el próximo capítulo, y los iremos conociendo mejor poco a poco después; aquí despojamos al combate por completo de ellos, y consideramos la destrucción del enemigo como el objeto único y suficiente de cualquier combate.

¿Qué debemos entender ahora por destrucción del ejército enemigo? Una disminución del mismo relativamente mayor que la de nuestro propio bando. Si tenemos una gran superioridad numérica sobre el enemigo, entonces, naturalmente, la misma cantidad absoluta de pérdidas en ambos bandos es menor para nosotros que para él, y, por consiguiente, puede considerarse en sí misma como una ventaja. Como aquí estamos considerando el combate despojado de todos los (demás) objetivos, debemos excluir también de nuestra consideración el caso en que el combate se utiliza solo indirectamente para una mayor destrucción de la fuerza enemiga; por consiguiente también, solo aquella ganancia directa que se ha obtenido en el proceso mutuo de destrucción

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