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CAPÍTULO XXX. Defensa de un teatro de guerra (continuación). Cuando no se busca ninguna decisión.

actuaciones—, existe siempre, respecto al asunto que ahora estamos considerando, una gran dificultad en el sentido de que el general en jefe no siempre puede esperar todo lo que desea de la agudeza, la buena voluntad, el valor y la firmeza de carácter de sus comandantes de cuerpo. Por tanto, no puede dejarlo todo a su buen juicio; debe prescribir normas sobre muchos puntos mediante las cuales, al verse restringido su curso de acción, este puede fácilmente entrar en contradicción con las circunstancias del momento. Se trata, sin embargo, de un inconveniente inevitable. Sin una voluntad de mando imperiosa, cuya influencia penetre en todo el ejército, la guerra no puede conducirse bien; y quienquiera que siga la práctica de esperar siempre lo mejor de sus subordinados, sería, por esa misma razón, totalmente incapaz de ser un buen comandante de un ejército.

Por lo tanto, la situación de cada cuerpo y puesto debe tenerse siempre presente con claridad, para evitar que cualquiera de ellos sea arrastrado inesperadamente a una catástrofe.

El objetivo de todos estos esfuerzos es preservar el status quo. Cuanto más afortunados y exitosos sean estos esfuerzos, más tiempo durará la guerra en el mismo punto; pero cuanto más tiempo continúe la guerra en un solo punto, mayores se vuelven las preocupaciones por la subsistencia.

En lugar de requisas y contribuciones del país, se inicia de inmediato, o al cabo de muy poco tiempo, un sistema de subsistencia a base de almacenes; en lugar de juntar carros del país en cada ocasión, se produce la formación, en mayor o menor medida, de un transporte regular, compuesto ya sea por carruajes del país o por los pertenecientes al ejército; en resumen, surge una aproximación a ese sistema regular de abastecimiento de tropas mediante almacenes, del cual ya hemos tratado en el decimocuarto capítulo (De la subsistencia).

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