Que esta, sin embargo, no ha sido siempre la perspectiva adoptada se evidencia por la antigua costumbre de mantener la estrategia en el gabinete y no con el ejército, algo solo admisible si el gabinete está tan cerca del ejército que puede considerarse como el cuartel general principal del ejército.
La Teoría asistirá, por tanto, a la Estrategia en la determinación de sus planes, o, como podemos decir con más propiedad, arrojará luz sobre las cosas en sí mismas y sobre sus relaciones mutuas, y hará resaltar de manera prominente lo poco que hay de principio o de regla.
Si recordamos del primer capítulo cuántas cosas de la máxima importancia abarca la Guerra, podemos concebir que la consideración de todas ellas requiere una rara agudeza mental.
Un Príncipe o General que sabe exactamente cómo organizar su Guerra según su objetivo y sus medios, que no hace ni muy poco ni demasiado, da con ello la mayor prueba de su genio.
Pero los efectos de este talento no se muestran tanto mediante la invención de nuevos modos de acción, que pudieran impresionar la vista de inmediato, como en el exitoso resultado final del conjunto.
Es el cumplimiento exacto de tácitas suposiciones, es la armonía silenciosa de toda la acción lo que debemos admirar, y lo que solo se da a conocer en el resultado total.
El investigador que, remontándose desde el resultado final, no percibe los signos de esa armonía, es alguien propenso a buscar el genio donde no está y donde no puede ser hallado.
Los medios y las formas de que se sirve la estrategia son, en realidad, tan sumamente sencillos, tan conocidos por su constante repetición, que parece pura ridiculez para el sano sentido común cuando oye a los críticos hablar tan frecuentemente de ellos con énfasis grandilocuente.