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CAPÍTULO VII. Decisión del combate

Ninguna batalla se decide en un solo momento, aunque en toda batalla surgen momentos de crisis, de los cuales depende el resultado. La pérdida de una batalla es, por tanto, una caída gradual de la balanza. Pero hay en todo combate un momento temporal (*)

cuando pueda considerarse decidido, de tal manera que la reanudación de la lucha constituya un nuevo combate, y no la continuación del antiguo. Tener una noción clara de este momento temporal es de gran importancia para poder decidir si, con el pronto auxilio de refuerzos, la acción puede reanudarse con ventaja.

A menudo, en combates que ya no tienen remedio, se sacrifican nuevas fuerzas en vano; a menudo, por descuido, no se ha tomado una decisión cuando esta podría haberse asegurado fácilmente. He aquí dos ejemplos que no podrían ser más oportunos:

Cuando el príncipe de Hohenlohe, en 1806, en Jena,(*) con 35.000 hombres opuestos a los 60.000 o 70.000, bajo el mando de Buonaparte, había aceptado la batalla, y la había perdido —pero la había perdido de tal modo que los 35.000 podían considerarse disueltos—, el general Rüchel emprendió la tarea de reanudar el combate con unos 12.000; la consecuencia fue que en un momento su fuerza quedó dispersada del mismo modo.

Por otra parte, el mismo día en Auerstädt, los prusianos mantuvieron un combate con 25.000 hombres contra Davout, que tenía 28.000, hasta mediodía, sin éxito, es verdad, pero aun así sin que la fuerza quedara reducida a un estado de disolución y sin sufrir siquiera pérdidas mayores

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