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CAPÍTULO VII. Objeto limitado: guerra ofensiva

La consecuencia de todo esto es que un ataque estratégico dirigido contra un objetivo tan solo moderado entraña una mayor necesidad de tomar medidas para defender otros puntos que no cubre directamente que uno dirigido contra el centro de la fuerza del enemigo; por consiguiente, en un ataque de este tipo la concentración de fuerzas en el tiempo y en el espacio no puede llevarse a cabo hasta el mismo grado.

Para que pueda tener lugar, al menos en lo que respecta al tiempo, se hace necesario que el avance se realice ofensivamente desde todos los puntos posibles, y exactamente en el mismo momento; y por tanto este ataque pierde la otra ventaja de poder arreglárselas con una fuerza mucho menor actuando a la defensiva en puntos determinados.

De este modo, el efecto de apuntar a un objetivo menor es nivelarlo todo más: el acto bélico en su conjunto ya no puede concentrarse en un único asunto principal que pueda regirse según puntos de vista rectores; está más disperso; la fricción se hace mayor en todas partes y hay en todas partes más margen para el azar.

Esta es la tendencia natural de las cosas. El comandante, abrumado por ella, se halla cada vez más neutralizado. Cuanto más consciente es de sus propias potencias, mayores son sus recursos subjetivos y su poder objetivo, tanto más buscará liberarse de esta tendencia para conferir a un punto determinado una importancia preponderante, aun cuando esto solo sea posible corriendo mayores riesgos.

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