En el capítulo precedente hemos dicho que, bajo la expresión de «derrocamiento del enemigo», entendemos el fin real y absoluto del «acto de guerra»; ahora veremos qué queda por hacer cuando no existen las condiciones bajo las cuales este objetivo podría alcanzarse.
Estas condiciones presupone una gran superioridad física o moral, o un gran espíritu de empresa, una propensión innata a los riesgos extremos.
Ahora bien, allí donde todo esto no se da, el objetivo en el acto de la guerra solo puede ser de dos tipos: o bien la conquista de una pequeña o moderada porción del país enemigo, o bien la defensa del propio hasta tiempos mejores; este último es el caso habitual en la guerra defensiva.
Si uno u otro de estos objetivos es del género correcto, siempre puede determinarse trayendo a la memoria la expresión utilizada con respecto al último.
- El aguardar a tiempos más favorables implica que tenemos razones para esperar tales tiempos en lo porvenir, y este aguardar, es decir, la guerra defensiva, se basa siempre en esta perspectiva;
- por otra parte, la guerra ofensiva, es decir, el aprovechamiento del momento presente, se impone siempre cuando el futuro ofrece una perspectiva mejor, no para nosotros, sino para nuestro adversario.
El tercer caso, que es probablemente el más común, es aquel en que ninguna de las dos partes tiene nada definitivo que esperar del futuro, y por consiguiente este no ofrece ningún motivo para la decisión.
En este caso, la guerra ofensiva es claramente imperativa para aquel que es políticamente el agresor, es decir, para quien tiene el motivo positivo; pues ha tomado las armas con ese objetivo, y cada momento de tiempo que se pierde sin una buena razón es tanto tiempo perdido para él.
Aquí hemos decidido a favor de la guerra ofensiva o defensiva por motivos que no tienen nada que ver con las fuerzas respectivas de los combatientes; y, sin embargo, puede parecer que sería más acertado hacer que la elección entre la ofensiva o la defensiva dependa principalmente de las relaciones mutuas de los combatientes en cuanto a su fuerza militar; nuestra opinión es que, al hacerlo, nos apartaríamos del camino correcto. Nadie disputará la corrección lógica de nuestro simple argumento; veremos ahora si en el caso concreto conduce a lo contrario.
Supongamos un pequeño Estado que se halla envuelto en una contienda con una potencia muy superior, y prevé que con cada año su situación empeorará: si la guerra es inevitable, ¿no debería aprovechar el tiempo en que su situación se encuentre más alejada del peor momento?
Entonces debe atacar, no porque el ataque en sí mismo asegure ninguna ventaja —más bien aumentará la disparidad de fuerzas—, sino porque este Estado se ve en la necesidad de llevar el asunto a un desenlace definitivo antes de que llegue el peor momento, o bien de obtener, al menos mientras tanto, algunas ventajas que pueda aprovechar en el futuro.
Esta teoría no puede parecer absurda. Pero si este pequeño Estado tiene la absoluta certeza de que el enemigo avanzará contra él, entonces, ciertamente, puede y debe valerse de la defensa contra su enemigo para obtener una primera ventaja; en ese caso no hay, de todos modos, ningún peligro de perder el tiempo.
Si, de nuevo, suponemos un Estado pequeño en guerra con uno mayor, y que el futuro no ejerce ninguna influencia en sus decisiones, aun así, si el Estado pequeño es políticamente el atacante, exigimos también de él que avance hacia su objetivo.
Si ha tenido la audacia de proponerse a sí misma un fin positivo frente a un número superior, entonces también debe actuar, es decir, atacar al enemigo, si este último no le ahorra la molestia.
Esperar sería un absurdo; a menos que en el momento de la ejecución haya alterado su resolución política, un caso que ocurre con mucha frecuencia y contribuye no poco a dar a las guerras un carácter indefinido.
Estas consideraciones sobre el objetivo limitado se aplican a su relación tanto con la guerra ofensiva como con la defensiva; ambas las examinaremos en capítulos separados.
Pero primeramente dirigiremos nuestra atención a otra fase.
Hasta ahora hemos deducido las modificaciones en el objeto de la guerra únicamente a partir de razones intrínsecas. La naturaleza del punto de vista (o diseño) político solo la hemos tenido en cuenta en la medida en que está o no dirigida hacia algo positivo. Todo lo demás en el diseño político es en realidad algo ajeno a la guerra; pero en el segundo capítulo del primer libro (El fin y los medios en la guerra) ya hemos admitido que la naturaleza del objeto político, la extensión de nuestras exigencias o las del enemigo, y toda nuestra relación política ejercen en la práctica una influencia de gran peso en la conducción de la guerra, por lo que dedicaremos el siguiente capítulo a ese tema en particular.