El objetivo de la guerra en su concepción debe ser siempre el derrocamiento del enemigo; esta es la idea fundamental de la que partimos.
Ahora bien, ¿qué es este derrocamiento? No siempre implica necesariamente la conquista completa del país enemigo.
Si los alemanes hubieran llegado a París en 1792, allí —según toda probabilidad humana— la guerra con el partido revolucionario habría llegado a su fin de inmediato por una temporada; no era en absoluto necesario en ese momento derrotar a sus ejércitos de antemano, pues esos ejércitos aún no debían considerarse potencias potentes por sí mismos.
Por otra parte, en 1814, los aliados no lo habrían ganado todo con tomar París si Buonaparte hubiera seguido al frente de un ejército considerable; pero como su ejército casi se había disuelto, por tanto, también en los años 1814 y 1815 la toma de París lo decidió todo.
Si Buonaparte en el año 1812, antes o después de tomar Moscú, hubiera podido infligir al ejército ruso de 120.000 hombres en el camino de Kaluga una derrota completa, como la que propinó a los austriacos en 1805 y al ejército prusiano en 1806, entonces la posesión de dicha capital habría provocado muy probablemente la paz, a pesar de que aún quedaba por conquistar una extensión enorme de país.
En el año 1805 fue la batalla de Austerlitz la que resultó decisiva; y, por tanto, la posesión previa de Viena y de dos tercios de los Estados austriacos no tuvo el peso suficiente para conseguirle la paz a Buonaparte; pero, por otra parte también, tras dicha batalla de Austerlitz, la integridad de Hungría, aún intacta, no tuvo el peso suficiente para impedir la celebración de la paz.
En la campaña rusa, la derrota completa del ejército ruso fue el último golpe necesario: el emperador Alejandro no tenía otro ejército a mano y, por tanto, la paz fue la consecuencia segura de la victoria. Si el ejército ruso hubiera estado en el Danubio junto con el austriaco, y hubiera compartido su derrota, entonces probablemente la conquista de Viena no habría sido necesaria y la paz se habría firmado en Linz.
En otros casos, la conquista completa de un país no ha sido suficiente, como en el año 1807, en Prusia, cuando el golpe dirigido contra el ejército auxiliar ruso, en la dudosa batalla de Eylau, no fue lo suficientemente decisivo, y se requirió la indudable victoria de Friedland como golpe definitivo, al igual que la victoria de Austerlitz en el año anterior.
Vemos que aquí, también, el resultado no puede determinarse a partir de fundamentos generales; las causas individuales, que nadie conoce si no está en el lugar de los hechos, y muchas de naturaleza moral de las que nunca se oye hablar, incluso los rasgos y accidentes más pequeños, que solo aparecen en la historia como anécdotas, son a menudo decisivos. Todo lo que la teoría puede decir aquí es lo siguiente: que la cuestión principal es tener a la vista las relaciones dominantes de ambas partes. A partir de ellas se formará un cierto centro de gravedad, un centro de poder y movimiento, del cual depende todo; y contra este centro de gravedad del enemigo debe dirigirse el golpe concentrado de todas las fuerzas.
Lo pequeño siempre depende de lo grande, lo sin importancia de lo importante, y lo accidental de lo esencial. Esto debe guiar nuestra mirada.
Alejandro tenía su centro de gravedad en su ejército, al igual que Gustavo Adolfo, Carlos XII y Federico el Grande, y la carrera de cualquiera de ellos habría llegado pronto a su fin con la destrucción de su ejército:
- en los Estados desgarrados por disensiones internas, este centro suele encontrarse en la capital;
- en los Estados pequeños dependientes de otros mayores, se encuentra generalmente en el ejército de dichos aliados;
- en una confederación, radica en la unidad de intereses;
- en una insurrección nacional, en la persona del líder principal y en la opinión pública;
contra estos puntos debe dirigirse el golpe. Si con esto el enemigo pierde el equilibrio, no debe concedérsele tiempo para recuperarlo; el golpe debe repetirse persistentemente en la misma dirección o, en otras palabras, el vencedor debe dirigir siempre sus golpes contra la masa, y no contra una fracción del enemigo.
No es conquistando una de las provincias del enemigo, con poco esfuerzo y superiores fuerzas, y prefiriendo la posesión más segura de esta conquista sin importancia a los grandes resultados, sino buscando constantemente el corazón de la potencia hostil y jugándoselo todo para ganarlo todo, como podemos derribar eficazmente al enemigo hasta el suelo.
Pero cualquiera que sea el punto central del poder del enemigo contra el cual debamos dirigir nuestras operaciones, la conquista y destrucción de su ejército sigue siendo el comienzo más seguro y, en todos los casos, el más esencial.
Por tanto, pensamos que, de acuerdo con la mayoría de los hechos comprobados, las siguientes circunstancias provocan principalmente el derrocamiento del enemigo.
- Dispersión de su ejército si este forma, en cierto grado, una fuerza potencial.
- Toma de la capital del enemigo, si esta es a la vez el centro del poder del Estado y la sede de las asambleas y acciones políticas.
- Un golpe eficaz contra el aliado principal, si este es más poderoso que el propio enemigo.
Hasta ahora siempre hemos supuesto al enemigo en la guerra como una unidad, lo cual es admisible por consideraciones de índole muy general. Pero habiendo dicho que la subyugación del enemigo radica en vencer su resistencia, concentrada en el centro de gravedad, debemos dejar de lado esta suposición e introducir el caso en el que tenemos que habérnoslas con más de un oponente.
Si dos o más Estados se combinan contra un tercero, esa combinación constituye, en un aspecto político, una sola guerra, al mismo tiempo que esta unión política tiene también sus grados.
La cuestión es si cada Estado de la coalición posee un interés independiente y una fuerza independiente con la cual proseguir la guerra; o si hay uno entre ellos en cuyos intereses y fuerzas se apoyan los de los demás.
Cuanto más se dé el último caso, más fácil será considerar a los diferentes enemigos como uno solo, y más fácilmente podremos simplificar nuestra empresa principal en un gran golpe; y mientras esto sea de algún modo posible, es el medio más cabal y completo de éxito.
Podemos, por lo tanto, establecer como principio que, si podemos conquistar a todos nuestros enemigos conquistando a uno de ellos, la derrota de ese uno debe ser el objetivo de la guerra, porque en él alcanzamos el centro de gravedad común de toda la guerra.
Hay muy pocos casos en los que esta clase de concepción no sea admisible y en los que no pueda realizarse esta reducción de varios centros de gravedad a uno solo.
Pero si esto no puede hacerse, entonces en verdad no queda más remedio que considerar la guerra como dos o más guerras separadas, cada una de las cuales tiene su propio objetivo. Como este caso presupone la independencia sustancial de varios enemigos y, por consiguiente, una gran superioridad del conjunto, en este caso la derrota del enemigo no puede, por lo general, entrar en consideración.
Pasamos ahora más en particular a la cuestión: ¿Cuándo es posible y aconsejable semejante objeto?
En primer lugar, nuestras fuerzas deben ser suficientes,—
- Para obtener una victoria decisiva sobre los del enemigo.
- Para realizar el gasto de fuerza que pueda ser necesario para explotar la victoria hasta un punto en el que ya no le sea posible al enemigo recuperar el equilibrio.
A continuación, debemos cerciorarnos de que, en nuestra situación política, tal resultado no levante contra nosotros a nuevos enemigos, que puedan obligarnos en el acto a liberar a nuestro primer enemigo.
Francia, en el año 1806, pudo conquistar por completo a Prusia, aunque al hacerlo atrajo sobre sí todo el poderío militar de Rusia, porque se encontraba en condiciones de hacer frente a los rusos en Prusia.
Francia pudo haber hecho lo mismo en España en 1808 en lo que respecta a Inglaterra, pero no en lo que respecta a Austria. Se vio obligada a debilitarse materialmente en España en 1809, y habría tenido que abandonar por completo la lucha en ese país de no haber tenido, por lo demás, una gran superioridad, tanto física como moral, sobre Austria.
Por consiguiente, estos tres casos deben estudiarse cuidadosamente, para que no perdamos en el último la causa que hemos ganado en los anteriores, y seamos condenados en costas.
Al estimar la intensidad de las fuerzas y lo que puede efectuarse mediante ellas, muy a menudo surge la idea de considerar el tiempo, por analogía dinámica, como un factor de las fuerzas, y de suponer en consecuencia que medio esfuerzo, o la mitad del número de fuerzas, lograría en dos años lo que solo podría efectuarse en uno por la totalidad de la fuerza reunida.
Este punto de vista, que se halla en la base de los planes militares, a veces de manera clara y a veces menos evidente, es completamente erróneo.
Una operación en la guerra, como todo lo demás sobre la tierra, requiere su tiempo; como es natural, no podemos ir a pie de Vilna a Moscú en ocho días; pero no se halla en la guerra ningún rastro de acción recíproca entre el tiempo y la fuerza, tal como tiene lugar en la dinámica.
El tiempo es necesario para ambos beligerantes, y la única cuestión es: ¿cuál de los dos, a juzgar por su posición, tiene más razones para esperar ventajas especiales del tiempo?
Ahora bien (excluyendo las peculiaridades de la situación en un bando o en el otro), el vencido tiene claramente más razones, ciertamente no por leyes dinámicas, sino psicológicas. La envidia, los celos, la ansiedad por uno mismo, así como de vez en cuando la magnanimidad, son los intercesores naturales del desgraciado; le suscitan amigos por un lado, y por el otro debilitan y disuelven la coalición entre sus enemigos. Por consiguiente, mediante la demora es más probable que ocurra algo ventajoso para el conquistado que para el conquistador.
Además, debemos recordar que para hacer buen uso de una primera victoria, como ya hemos demostrado, es necesario un gran despliegue de fuerza; esto no es un mero gasto de una sola vez, sino que ha enmarcarse como una administración doméstica a gran escala; las fuerzas que han sido suficientes para darnos la posesión de una provincia no siempre bastan para hacer frente a este gasto adicional; poco a poco la tensión sobre nuestros recursos se hace mayor, hasta que al fin se vuelve insoportable; el tiempo, por tanto, puede por sí mismo provocar un cambio.
¿Podrían las contribuciones que Buonaparte impuso a los rusos y polacos, en dinero y de otras maneras, en 1812, haber procurado los cientos de miles de hombres que debió haber enviado a Moscú para mantener su posición allí?
Pero si las provincias conquistadas son suficientemente importantes, si hay en ellas puntos esenciales para el bienestar de aquellas partes que no están conquistadas, de modo que el mal, como un cáncer, corroe perpetuamente por sí mismo las entrañas del sistema, entonces es posible que el conquistador, aunque no haga nada más, gane más de lo que pierde.
Ahora bien, en este estado de cosas, si no llega ayuda desde el exterior, el tiempo podrá completar la obra así comenzada; lo que aún queda por conquistar caerá, tal vez, por sí mismo.
Por lo tanto, así el tiempo también puede convertirse en un factor de sus fuerzas, pero esto solo puede ocurrir si ya no es posible un golpe de respuesta por parte de los conquistados, si ya no es concebible un cambio de fortuna a su favor, cuando, por lo tanto, este factor de sus fuerzas ya no tiene ningún valor para el conquistador; pues ha logrado el objetivo principal, el peligro del punto culminante ha pasado, en suma, el enemigo ya está subyugado.
Nuestro propósito en el razonamiento anterior ha sido demostrar claramente que ninguna conquista puede terminarse demasiado pronto, que prolongarla durante un espacio de tiempo mayor del estrictamente necesario para su conclusión, en lugar de facilitar la empresa, la hace más difícil.
Si esta afirmación es verdadera, también lo es además el hecho de que, si somos lo suficientemente fuertes para llevar a cabo una determinada conquista, debemos serlo igualmente para realizarla en una sola marcha y sin estaciones intermedias. Naturalmente, con esto no queremos decir que se prescinda de breves altos para concentrar las fuerzas y tomar otras disposiciones indispensables.
Según esta opinión, que considera esencial para la guerra ofensiva el carácter de un esfuerzo rápido y persistente hacia la decisión, creemos haber descartado por completo todos los fundamentos de aquella teoría que, en lugar de la irresistible y continua explotación de la victoria, sustituiría un sistema lento y metódico por considerarlo más seguro y prudente.
Pero aun para aquellos que nos han seguido fácilmente hasta aquí, nuestra afirmación tiene tal vez, después de todo, tanto aspecto de paradoja, y se opone y choca tanto a primera vista con una opinión que, como un viejo prejuicio, ha echado profundas raíces y ha sido repetida mil veces en los libros, que hemos considerado conveniente examinar más de cerca el fundamento de aquellos argumentos plausibles que puedan presentarse.
Sin duda es más fácil alcanzar un objeto cercano que uno distante, pero cuando el más cercano no se adapta a nuestro propósito, no se sigue de ello que dividir el trabajo, que un punto de descanso, vaya a permitirnos superar la segunda mitad del camino con mayor facilidad. Un pequeño salto es más fácil que uno grande, pero nadie por esa razón, al desear cruzar una zanja ancha, saltaría primero la mitad de esta.
Si examinamos de cerca el fundamento de la concepción de la llamada guerra ofensiva metódica, veremos por lo general que consiste en lo siguiente:—
- Conquista de aquellas fortalezas pertenecientes al enemigo con las que nos crucemos.
- Acopio de los suministros necesarios.
- Fortificar puntos importantes, como revistas, puentes, posiciones, etc.
- Descansar a las tropas en los cuarteles durante el invierno, o cuando necesitan reponer su salud y refrescarse.
- Esperando los refuerzos del año siguiente.
Si para la consecución de todos estos objetivos establecemos una división formal en el curso de la acción ofensiva, un punto de reposo en el movimiento, se supone que obtenemos una nueva base y una fuerza renovada, como si nuestro propio Estado fuera avanzando a la zaga del ejército y este último acopiara un vigor renovado para cada nueva campaña.
Todos estos motivos loables pueden hacer que la guerra ofensiva sea más conveniente, pero no aseguran mejor sus resultados y por lo general son meras apariencias para encubrir ciertas fuerzas antagonistas, tales como los sentimientos del comandante o la indecisión en el gabinete.
Intentaremos envolverlos desde el flanco izquierdo.
- La espera de refuerzos le conviene al enemigo tanto como a nosotros y, podemos decir, le resulta más ventajosa. Además, está en la naturaleza de las cosas que un Estado puede poner en línea casi tantas fuerzas combatientes en un año como en dos; pues todo el incremento real de la fuerza combatiente en el segundo año es insignificante en relación con el total.
- El enemigo descansa al mismo tiempo que nosotros.
- La fortificación de ciudades y posiciones no es tarea del ejército y, por lo tanto, no constituye motivo para ningún retraso.
- Según el sistema actual de ejércitos permanentes, los almacenes son más necesarios cuando el ejército se encuentra en acantonamiento que cuando está avanzando. Mientras avancemos con éxito, iremos tomando posesión continuamente de algunos de los depósitos de provisiones del enemigo, los cuales nos auxilian cuando el país mismo es pobre.
- La toma de las fortalezas del enemigo no puede considerarse como una suspensión del ataque: es un progreso intensificado y, por tanto, la supuesta suspensión que de ello resulta no es propiamente un caso como a los que aludimos; no es ni una suspensión ni una modificación en el uso de la fuerza.
Pero si es más conveniente un asedio regular, un bloqueo o la mera observación de lo uno o de lo otro, es una cuestión que sólo puede decidirse según las circunstancias particulares. Tan sólo podemos decir con carácter general que, al responder a esta pregunta, debe resolverse claramente otra: a saber, si el riesgo no será demasiado grande si, mientras nos limitamos a bloquear, avanzamos al mismo tiempo un poco más.
Donde esto no sea así, y cuando haya espacio suficiente para desplegar nuestras fuerzas, es mejor posponer el asedio formal hasta la conclusión de todo el movimiento ofensivo. Por consiguiente, debemos cuidarnos de no caer en el error de descuidar lo esencial con la idea de asegurar inmediatamente lo conquistado.
Sin duda parece que, al avanzar así, arriesgamos de inmediato la pérdida de lo que ya se ha ganado.
Nuestra opinión, sin embargo, es que ninguna división de la acción, ningún punto de descanso, ninguna estación intermedia están en consonancia con la naturaleza de la guerra ofensiva, y que cuando estos son inevitables, deben considerarse como un mal que no hace que el resultado sea más cierto, sino, por el contrario, más incierto; y además, que, estrictamente hablando, si por debilidad o por cualquier causa nos hemos visto obligados a detenernos, un segundo impulso hacia el objetivo que tenemos a la vista es, por regla general, imposible; pero que si tal segundo impulso es posible, entonces la detención en la estación intermedia fue innecesaria, y que cuando un objetivo desde el mismo comienzo supera nuestras fuerzas, siempre seguirá siendo así.
Decimos que esta parece ser la verdad general, con la cual solo queremos descartar la idea de que el tiempo por sí mismo pueda hacer algo en favor del asaltante.
Pero como las relaciones políticas pueden cambiar de año en año, por esta sola razón pueden darse muchos casos que constituyan excepciones a esta verdad general.
Puede parecer tal vez como si hubiésemos abandonado nuestro punto de vista general y no tuviéramos otra cosa en la vista que la guerra ofensiva; pero no es así en modo alguno.
Ciertamente, aquel que puede proponerse la destrucción total del enemigo como su objetivo no se verá reducido fácilmente a refugiarse en la defensiva, cuyo objetivo inmediato es solo conservar la posesión; pero como nos mantenemos firmes en la afirmación de que una defensiva sin ningún principio positivo es una contradicción tanto en la estrategia como en la táctica, y por tanto volvemos siempre al hecho de que toda defensiva, según sus fuerzas, buscará pasar al ataque tan pronto como haya agotado las ventajas de la defensiva, así pues, por grande o pequeña que sea la defensa, incluimos también en ella de manera contingente la destrucción del enemigo como un objetivo que este ataque puede tener y que debe considerarse como el objetivo propio de la defensiva, y decimos que puede haber casos en los que el asaltante, a pesar de tener a la vista un objetivo tan grande, prefiera sin embargo al principio hacer uso de la forma defensiva.
Que esta idea se fundamenta en la realidad se demuestra fácilmente con la campaña de 1812. El emperador Alejandro, al embarcarse en la guerra, tal vez no pensó en arruinar a su enemigo por completo, como se hizo después; pero ¿hay algo que haga imposible semejante idea? Y, sin embargo, de ser así, ¿no seguiría siendo muy natural que los rusos comenzaran la guerra a la defensiva?