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CAPÍTULO XX. El cordón

El término cordón se emplea para designar todo plan defensivo que tiene por objeto cubrir directamente una región entera del país mediante una línea de puestos en conexión recíproca. Decimos directamente, pues varios cuerpos de un gran ejército apostados en línea unos con otros podrían proteger una amplia región del país contra la invasión sin formar un cordón; pero entonces dicha protección no sería directa, sino fruto de combinaciones y movimientos.

Es evidente a primera vista que una línea defensiva tan extensa como debe ser aquella que ha de cubrir directamente un amplio distrito de país, solo puede poseer un grado muy reducido de resistencia defensiva. Incluso cuando cuerpos de tropas muy numerosos ocupan las líneas, este sería el caso si fuesen atacados por masas correspondientes. El objeto de un cordón solo puede ser, por lo tanto, resistir un golpe débil, ya sea que esa debilidad provenga de una voluntad endeble o de la escasez de la fuerza empleada.

Con este fin se construyó la muralla china: como protección contra las incursiones de los tártaros. Esta es la intención de todas las líneas y defensas fronterizas de los Estados europeos que lindan con Asia y Turquía.

Aplicado de este modo, el sistema de cordones no es absurdo ni parece inadecuado para su propósito. Ciertamente, no basta para detener todas las incursiones, pero las hará más difíciles y, por lo tanto, menos frecuentes, lo cual es un punto de considerable importancia donde existen relaciones con pueblos como los de Asia, cuyas pasiones y hábitos tienen una tendencia perpetua a la guerra.

A esta clase de cordones le siguen las líneas que, en las guerras de los tiempos modernos, se han formado entre los Estados europeos, tales como las líneas francesas en el Rin y en los Países Bajos. Estas se formaron originalmente solo con el fin de proteger a un país contra incursiones hechas con el propósito de recaudar contribuciones o vivir a expensas del enemigo. Por lo tanto, solo están destinadas a contener operaciones menores y, en consecuencia, también se prevé que deban ser defendidas por pequeños cuerpos de tropas.

Pero, por supuesto, en el caso de que la fuerza principal del enemigo dirija su avance contra estas líneas, el defensor también debe emplear su fuerza principal en su defensa, un acontecimiento que de ningún modo resulta propicio para los mejores preparativos defensivos. Debido a esta desventaja y a que la protección contra las incursiones en una guerra temporal es un objetivo totalmente secundario, por el cual, mediante la mera existencia de estas líneas, puede provocarse fácilmente un gasto excesivo de tropas, su formación es considerada hoy en día como una medida perjudicial.

Cuanta más potencia y energía se inviertan en la prosecución de la guerra, más inútil y peligroso se vuelve este recurso.

Por último, todas las líneas de puestos avanzados muy extendidas que cubren los acuartelamientos de un ejército y pretenden ofrecer una cierta cantidad de resistencia entran en la categoría de cordones.

Esta medida defensiva está concebida principalmente como un impedimento para incursiones y otras expediciones menores de ese tipo dirigidas contra acantonamientos aislados, y para este fin puede ser bastante suficiente si el terreno es favorable.

Contra el avance del grueso del enemigo, la oposición ofrecida solo puede ser relativa, es decir, destinada a ganar tiempo: pero como esta ganancia de tiempo será en la mayoría de los casos insignificante, este objetivo puede considerarse como una consideración de muy menor importancia en el establecimiento de estas líneas.

La concentración y el avance del ejército enemigo en sí nunca pueden tener lugar de manera tan desapercibida como para que el defensor obtenga su primera información al respecto a través de sus puestos avanzados; cuando este es el caso, es muy digno de compasión.

Por consiguiente, también en este caso el cordón tiene únicamente el propósito de resistir el ataque de una fuerza débil, y el objetivo, por lo tanto, en este y en los otros dos casos no está en desacuerdo con los medios.

Pero que un ejército formado para la defensa de un país se extienda en una larga línea de puestos defensivos frente al enemigo, que se disipe en forma de cordón, parece ser algo tan absurdo que debemos procurar descubrir las circunstancias y los motivos que conducen a semejante proceder y lo acompañan.

Toda posición en un país montañoso, aun cuando se adopte con vistas a una batalla con toda la fuerza reunida, es y debe ser necesariamente más extensa que una posición en un país llano.

Puede ser porque la ayuda del terreno aumenta en gran medida la fuerza de la resistencia; debe ser porque se requiere una base de retirada más amplia, como hemos demostrado en el capítulo sobre la defensa de las montañas.

Pero si no hay perspectivas cercanas de una batalla, si es probable que el enemigo permanezca en su posición frente a nosotros durante algún tiempo sin emprender nada a menos que se vea tentado por alguna oportunidad muy favorable que pueda presentarse (el estado habitual de las cosas en la mayoría de las guerras en el pasado), entonces también es natural no limitarnos meramente a la ocupación de tanto territorio como sea absolutamente necesario, sino retener tanto a la derecha como a la izquierda como sea compatible con la seguridad del ejército, mediante lo cual obtenemos muchas ventajas, como mostraremos en breve.

En los países abiertos y con abundantes comunicaciones, este objetivo puede lograrse en mayor medida que en las montañas, a través del principio del movimiento, y por esa razón la extensión y dispersión de las tropas es menos necesaria en un país abierto; allí también sería mucho más peligroso debido a la menor capacidad de resistencia de cada parte.

Pero en las montañas, donde toda ocupación del terreno depende más de la defensa local, donde los socorros no pueden llegar con tanta rapidez a un punto amenazado, y donde, una vez que el enemigo se ha apodado de un punto, es más difícil desalojarlo con una fuerza ligeramente superior; en las montañas, bajo estas circunstancias, siempre llegaremos a una forma de posición que, si no es estrictamente hablando un cordón, se le acerca mucho, al tratarse de una línea de puestos defensivos.

De una disposición semejante, compuesta por varios puestos destacados, al sistema de cordón, hay todavía sin duda un trecho considerable, pero es uno que los generales, sin embargo, a menudo dan sin ser conscientes de ello, arrastrados de un paso a otro.

  • Primero, la cobertura y la posesión del país son el objetivo de la dispersión;
  • después lo es la seguridad del propio ejército.

Cada comandante de un puesto calcula la ventaja que puede derivarse de este o aquel punto en relación con la aproximación a su posición por la derecha o por la izquierda, y así el conjunto avanza insensiblemente de un grado de subdivisión a otro.

Una guerra de cordones, por lo tanto, llevada a cabo por la fuerza principal de un ejército, no debe considerarse una forma de guerra elegida deliberadamente con el fin de detener cada golpe que las fuerzas del enemigo puedan intentar, sino una situación a la que el ejército se ve arrastrado en la búsqueda de un objetivo muy diferente, a saber, la posesión y cobertura del país frente a un enemigo que no tiene en perspectiva ninguna empresa decisiva.

Tal situación debe considerarse siempre como un error; y los motivos por los cuales los generales se han visto seducidos poco a poco a consentir un pequeño puesto tras otro, son desdeñables en relación con el objetivo de un gran ejército; este punto de vista demuestra, a fin de cuentas, la posibilidad de semejante error.

Que en realidad se trata de un error, es decir, de una apreciación equivocada de nuestra propia posición y la del enemigo, a veces no se advierte, y se habla de ello como de un sistema erróneo. Pero este mismo sistema, cuando se persigue con ventaja, o al menos sin causar daños, es aprobado en silencio.

Todo el mundo alaba las campañas impecables del príncipe Enrique en la Guerra de los Siete Años, porque el rey las ha calificado así, aunque estas campañas exhiben los ejemplos más claros y más incomprensibles de cadenas de puestos tan extendidas que pueden llamarse cordones con tanta propiedad como cualquier otra que haya existido.

Podemos justificar plenamente estas posiciones diciendo que el príncipe conocía a su oponente; sabía que no tenía que temer empresas de carácter decisivo por parte de aquel, y como el objetivo de su posición era, además, ocupar siempre el mayor territorio posible, llevó a cabo dicho objetivo hasta donde las circunstancias se lo permitían en modo alguno.

Si el príncipe hubiera sufrido alguna vez un revés con una de estas telas de araña y hubiera tenido que lamentar una pérdida grave, no habríamos dicho que había seguido un sistema de guerra defectuoso, sino que se había equivocado en una medida y la había aplicado a un caso al que no era adecuada.

Mientras que así procuramos explicar cómo el llamado sistema de cordón puede ser empleado por la fuerza principal en un teatro de guerra, y cómo puede llegar a ser incluso una medida sensata y útil, y, por tanto, lejos de ser un absurdo, debemos, al mismo tiempo, reconocer que parece haber habido casos en los que los generales o sus estados mayores han pasado por alto el verdadero significado u objeto de un sistema de cordón, y han asumido que su valor relativo era general; concibiéndolo como verdaderamente apto para ofrecer protección contra todo tipo de ataque —casos, por tanto, en los que no hubo una aplicación errónea de la medida, sino un completo malentendido de su naturaleza—; admitiremos además que este mismo absurdo, entre otros, parece haberse producido en la defensa de los Vosgos por los ejércitos austríaco y prusiano en 1793 y 1794.

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