agua. Ésta es también la razón por la cual los teóricos que nunca se han sumergido por sí mismos, o que no pueden deducir ninguna generalidad de su experiencia, son poco prácticos e incluso absurdos, porque solo enseñan lo que todo el mundo sabe: cómo
Además, toda guerra es rica en hechos particulares y, al mismo tiempo, cada una es un mar inexplorado, lleno de escollos que el general puede sospechar, pero que jamás ha visto con sus propios ojos y alrededor de los cuales, además, debe navegar en la noche.
Si también se levanta un viento contrario, es decir, si algún gran acontecimiento accidental se manifiesta en su contra, entonces se requieren la mayor destreza, presencia de ánimo y energía, mientras que para quienes solo observan desde la distancia todo parece transcurrir con la mayor facilidad.
El conocimiento de esta fricción es una parte principal de esa tan mentada experiencia en la guerra que se requiere en un buen general.
Ciertamente, no es el mejor general aquel en cuya mente adquiere las mayores dimensiones, aquel que se deja intimidar más por ella (esto incluye a esa clase de generales hiperansiosos que tantos hay entre los experimentados); sino que un general debe ser consciente de ella para poder superarla, allí donde sea posible, y para no esperar un grado de precisión en los resultados que es imposible debido precisamente a esta fricción.
Además, jamás puede aprenderse teóricamente; y si pudiera, aún faltaría esa experiencia de juicio que se llama tacto, el cual es siempre más necesario en un campo lleno de innumerables y diversos objetos pequeños que en los casos grandes y decisivos, cuando el propio juicio puede verse auxiliado por la consulta con los demás.
Así como el hombre mundano, mediante un tacto de juicio que se ha convertido en hábito, habla, actúa y se mueve solo según lo requiere la