Elegiría, de hecho, aquella forma que pareciera suficiente para otorgar a su fuerza el grado requerido de poder defensivo y nada más, para que no hubiera un desperdicio innecesario de su fuerza. Pero no debemos pasar por alto la circunstancia de que el margen disponible para elegir entre estas diferentes formas es generalmente muy circunscrito, porque otras circunstancias a las que debe atenderse instan necesariamente a preferir una u otra de ellas. Para una retirada hacia el interior del país se requiere un espacio superficial considerable, o bien una condición de cosas como la que existía en Portugal (1810), donde un aliado (Inglaterra) prestaba apoyo en la retaguardia, y otro (España), con su amplio territorio, disminuía considerablemente la fuerza impulsiva del enemigo. La posición de las fortalezas, más hacia la frontera o más hacia el interior, puede asimismo decidir a favor o en contra de dicho plan; pero aún más la naturaleza del país y del terreno, el carácter, los hábitos y los sentimientos de los habitantes. La elección entre una batalla ofensiva o defensiva puede ser decidida por los planes del enemigo, por las cualidades peculiares de ambos ejércitos y de sus generales; por último, la posesión de una posición excelente o de una línea de defensa, o la carencia de ellas, puede determinar una u otra; en suma, a la mera mención de estas cosas, podemos percibir que la elección de la forma de defensa debe ser determinada en muchos casos más por ellas que por la mera fuerza relativa de los ejércitos. Como más adelante entraremos en más detalles sobre los temas más importantes que acaban de ser tocados, la influencia que estos deben ejercer en la elección se desarrollará entonces con mayor claridad, y al final todo será sistematizado en el Libro sobre los Planes de Guerras y Campañas.
Pero esta influencia no será, por lo general, decisiva a menos que la desigualdad en la fuerza de los ejércitos opuestos sea insignificante; en el