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CAPÍTULO VII. Decisión del combate

A esta conclusión se opone, sin embargo, una fuerza moral que debemos tener en cuenta: es el sentimiento de rabia y venganza. Desde el mariscal de campo más veterano hasta el tamborero más joven, este sentimiento es general y, por tanto, las tropas nunca están con mejor moral para combatir que cuando tienen que limpiar una mancha. Esto es, no obstante, solo bajo el supuesto de que la parte derrotada no sea demasiado grande en proporción al conjunto, pues de otro modo el sentimiento anterior se disuelve en el de impotencia.

Existe, por tanto, una tendencia muy natural a utilizar esta fuerza moral para reparar el desastre sobre la marcha y, principalmente por esta razón, a buscar otra batalla si las circunstancias lo permiten. Está entonces en la naturaleza del asunto que esta segunda batalla deba ser ofensiva.

En el catálogo de las batallas de importancia secundaria se pueden encontrar muchos ejemplos de tales combates de represalia; pero las grandes batallas tienen por lo general demasiadas otras causas determinantes como para ser provocadas por este motivo más débil.

Semejante sentimiento debió de llevar sin duda al noble Blücher con su tercer cuerpo al campo de batalla el 14 de febrero de 1814, cuando los otros dos habían sido derrotados tres días antes en Montmirail.

Si hubiera sabido que iba a toparse con el propio Buonaparte, entonces, naturalmente, razones de mucho peso le habrían determinado a aplazar su venganza para otro día; pero esperaba vengarse de Marmont y, en lugar de obtener la recompensa de su anhelo de honorable satisfacción, sufrió el castigo de su erróneo cálculo.

De la duración del combate y del momento de su resolución dependen las distancias entre sí a las que deben colocarse aquellas masas destinadas a combatir en unión unas con otras.

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