podía tomarse represalia, y que perjudicaba más a los súbditos del enemigo que al gobierno enemigo; por lo tanto, no producía más efecto que hacer retroceder a la nación muchas etapas en todo lo relacionado con las artes pacíficas y la civilización. La guerra, por consiguiente, se limitó cada vez más, tanto en lo que respecta a los medios como al fin, al ejército mismo. El ejército, con sus fortalezas y algunas posiciones preparadas, constituía un Estado dentro de un Estado, en cuyo interior el elemento de la guerra se consumía lentamente. Toda Europa se regocijó de que tomara este rumbo y lo consideró una consecuencia necesaria del espíritu de progreso. Aunque había en esto un error, por cuanto el progreso del espíritu humano nunca puede conducir a lo absurdo, nunca puede hacer que dos por dos sean cinco, como ya hemos dicho y debemos repetir, no obstante, en conjunto, este cambio tuvo un efecto beneficioso para el pueblo; solo que no puede negarse que tenía la tendencia a hacer de la guerra un asunto aún más propio del Estado y a separarla todavía más de los intereses del pueblo. El plan de una guerra por parte del Estado que asumía la ofensiva en aquellos tiempos consistía por lo general en la conquista de una u otra provincia del enemigo; el plan del defensor era evitarlo; el plan particular de campaña consistía en tomar una u otra fortaleza del enemigo, o en evitar que se tomara una de las propias; solo cuando la batalla se volvía inevitable con este propósito, se la buscaba y se la libraba. Quien libraba una batalla sin esta necesidad inevitable, por el mero deseo innato de obtener la victoria, era considerado un general demasiado atrevido. Por lo general, la campaña transcurría con un sitio, o si era muy activa, con dos sitios, y los cuarteles de invierno, que se consideraban una necesidad y durante los cuales jamás se podía aprovechar la mala disposición de uno u otro bando, y en los cuales las relaciones mutuas de
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B. Sobre la magnitud del objeto de la guerra y los esfuerzos que deben realizarse.
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