gobernantes, no nos concierne aquí; pues, bajo ninguna circunstancia puede el arte de la guerra ser considerado como su preceptor, y solo podemos ver aquí a la política como la representante de los intereses de la comunidad en general.
La única cuestión es, por tanto, si al redactar los planes para una guerra el punto de vista político debe ceder ante el puramente militar (si es que tal punto de vista es concebible), es decir, si debe desaparecer por completo, o subordinarse a él, o si el político ha de seguir siendo el punto de vista dominante, debiendo considerarse el militar como subordinado al mismo.
Que el punto de vista político deba terminar por completo cuando la guerra empieza, solo es concebible en contiendas que son guerras a vida o muerte, por puro odio: tal como las guerras son en la realidad, son, como ya dijimos antes, meras expresiones o manifestaciones de la política misma.
La subordinación del punto de vista político al militar sería contraria al sentido común, pues la política ha declarado la guerra; ella es la facultad inteligente, y la guerra es solo el instrumento, y no a la inversa. La subordinación del punto de vista militar al político es, por tanto, la única cosa posible.
Si reflexionamos sobre la naturaleza de la guerra real, y traemos a la memoria lo que se ha dicho en el tercer capítulo de este libro, que toda guerra debe ser considerada ante todo según la probabilidad de su carácter, y sus rasgos principales tales como deben deducirse de las fuerzas y proporciones políticas, y que a menudo —en verdad podemos afirmar con seguridad que, en nuestros días, casi siempre— la guerra ha de ser considerada como un todo orgánico, del cual no deben separarse las ramas individuales, en el cual por lo tanto toda actividad individual desemboca en el todo, y también tiene su origen en la idea de este todo, entonces