Por último, las fortalezas, situadas a ambos lados o del lado enemigo del río, sirven tanto para impedir cualquier cruce en puntos cercanos a ellas, río arriba o río abajo, como medio para cerrar las desembocaduras de los afluentes, así como para recibir de inmediato todas las embarcaciones o botes que puedan ser capturados.
Hasta aquí en cuanto a la defensa directa de un río, bajo el supuesto de que se trata de uno que contiene un gran volumen de agua.
Si a la barrera del río mismo se le añade un valle profundo de laderas precipitadas o márgenes pantanosas, la dificultad de paso y la fuerza de la defensa sin duda aumentan; pero tales obstáculos no compensan el volumen de agua, ya que no constituyen una separación absoluta del país, lo cual es una condición indispensable para la defensa directa.
Si se nos pregunta qué papel puede desempeñar una defensa fluvial tan directa en el plan estratégico de la campaña, debemos admitir que nunca puede conducir a una victoria decisiva, en parte porque el objetivo no es permitir que el enemigo pase a nuestro lado de ningún modo, o aplastar a la primera masa de cualquier tamaño que cruce; en parte porque el río impide que podamos convertir las ventajas obtenidas en una victoria decisiva mediante una salida en fuerza.
Por otra parte, la defensa de un río de este modo puede producir una gran ganancia de tiempo, lo cual es por lo general sumamente importante para la defensa.
- La reunión de los medios para cruzar suele demandar mucho tiempo; si varios intentos fracasan, se gana bastante más tiempo.
- Si el enemigo, a causa del río, le da a sus fuerzas una dirección completamente distinta, se podrán obtener aún mayores ventajas por ese medio.
- Por último, siempre que el enemigo no tenga la firme intención de avanzar, un río ocasionará una interrupción en sus movimientos y brindará así una protección duradera al país.