enemigo no haya ocupado las montañas intermedias, y se ha apresurado entonces a adelantarse en la ocupación de las mismas. Nadie encontrará que este adelantarse al enemigo sea de algún modo incompatible con los intereses del atacante; según nuestro punto de vista, esto es también perfectamente admisible, solo que debemos señalar claramente aquí una sutil distinción entre las circunstancias.
Un ejército que avanza contra el enemigo, con el propósito de obligarle a una acción general, si tiene que cruzar una cadena de montañas desocupada, debe temer naturalmente que el enemigo pueda, en el último momento, bloquear los mismos pasos que se propone utilizar en su marcha: en tal caso, el atacante no tendrá de ningún modo las mismas ventajas que si el enemigo ocupara simplemente una posición de montaña ordinaria. Este último, por ejemplo, no se encuentra entonces en una posición excesivamente extendida, ni tiene incertidumbre en cuanto al camino que tomará el atacante; el atacante no ha podido elegir su camino con referencia a la posición del enemigo, y por lo tanto esta batalla en las montañas no está unida entonces a todas aquellas ventajas de su lado de las que hemos hablado en el sexto libro; bajo tales circunstancias, el defensor podría hallarse en una posición inexpugnable.—De acuerdo con esto, el defensor podría incluso tener a su disposición medios para hacer un uso ventajoso de las montañas para una gran batalla.—Esto es, al menos, posible; pero si reflexionamos sobre las dificultades que el defensor tendría que encontrar para establecerse en una posición fuerte en las montañas justamente en el último momento, particularmente si la ha dejado enteramente desocupada antes, podemos considerar este medio de defensa como uno en el que no se puede depositar ninguna confianza y, por lo tanto, como uno cuya probabilidad el atacante tiene pocas razones para temer.