Tenemos ahora que considerar la influencia destructiva que las marchas ejercen sobre un ejército. Es tan grande que puede considerarse como un principio activo de destrucción, ni más ni menos que el combate.
Una sola marcha moderada no desgasta el instrumento, pero una sucesión de marchas aun moderadas seguramente hará mella en él, y una sucesión de marchas duras, por supuesto, lo hará mucho antes.
En el escenario mismo de la guerra, la escasez de alimentos y refugio, los malos caminos destrozados y la necesidad de encontrarse en un estado perpetuo de preparación para el combate, son causas de una tensión excesiva sobre nuestros recursos, por la cual los hombres, el ganado, los carruajes de toda índole, así como el vestuario, quedan arruinados.
Se suele decir que un largo descanso no conviene a la salud física de un ejército; que en un tiempo así hay más enfermedad que durante una actividad moderada.
Sin duda la enfermedad se manifiesta y se manifiesta si los soldados se agrupan demasiado en alojamientos confinados; pero lo mismo ocurriría si estos fueran alojamientos ocupados en la marcha, y la falta de aire y ejercicio nunca puede ser la causa de tales enfermedades, ya que es muy fácil proporcionarle ambas cosas al soldado por medio de sus ejercicios.
Sólo pensad por un momento, cuando el organismo de un ser humano se encuentra en un estado trastornado y desfalleciente, qué diferencia debe suponer para él enfermar en una casa o ser atacado en mitad de un camino real, con el lodo hasta las rodillas, bajo torrentes de lluvia y cargado con una mochila a la espalda; incluso si se halla en un campamento, pronto puede ser enviado a la aldea más cercana y no carecerá por completo de asistencia médica, mientras que en una marcha ha de pasar horas sin ninguna ayuda, para luego verse obligado a arrastrarse durante millas como un rezagado.
Cuántas enfermedades triviales se vuelven graves por ese medio, cuántas graves se vuelven mortales. Consideremos cómo una marcha ordinaria en el polvo y bajo los rayos abrasadores de un sol de verano puede producir un calor excesivo, estado en el cual, sufriendo una sed intolerable, el soldado se precipita entonces hacia el manantial de agua fresca, para acarrear así para sí mismo la enfermedad y la muerte.
No es nuestro objetivo con estas reflexiones recomendar menos actividad en la guerra; el instrumento está para usarse, y si el uso desgasta el instrumento, eso está solo en el orden natural de las cosas; solo deseamos ver cada cosa puesta en su lugar correcto, y oponernos a esa verborrea teórica según la cual las sorpresas más asombrosas, los movimientos más rápidos, la actividad más incesante no cuestan nada, y se presentan como minas ricas que la indolencia del general deja sin explotar.
Poco más o menos ocurre con estas minas lo mismo que con aquellas de donde se obtienen el oro y la plata; no se ve más que el producto, y nadie pregunta por el valor del trabajo que ha sacado este producto a la luz.
En las largas marchas fuera de un teatro de operaciones, las condiciones en las que se realiza la marcha son sin duda por lo general más fáciles y las pérdidas diarias menores, pero debido a ello los hombres con la más leve enfermedad suelen perderse para el ejército durante algún tiempo, ya que es difícil para los convalecientes alcanzar a un ejército que avanza constantemente.
Entre la caballería, el número de caballos cojos y con la espalda llagada aumenta en una proporción creciente, y entre los carruajes muchos se averían o necesitan reparación. Nunca falla, por tanto, que al final de una marcha de 100 millas o más, un ejército llegue muy debilitado, particularmente en lo que se refiere a su caballería y su tren.
Si tales marchas son necesarias en el teatro de la guerra, es decir, bajo la mirada del enemigo, entonces esa desventaja se suma a la otra, y de ambas combinadas las pérdidas con grandes masas de tropas, y bajo condiciones por lo demás desfavorables, pueden ascender a algo increíble.
Solo un par de ejemplos para ilustrar nuestras ideas.
Cuando Buonaparte cruzó el Niemen el 24 de junio de 1812, el enorme centro de su ejército con el que posteriormente marchó contra Moscú contaba con 301.000 hombres.
En Smolensko, el 15 de agosto, destinó a otros puntos a 13.500, dejando, cabe suponer, 287.500. Sin embargo, el estado real de su ejército en esa fecha era de solo 182.000; por lo tanto, había perdido 105.000.(*)
Teniendo en cuenta que hasta ese momento solo habían tenido lugar dos enfrentamientos dignos de mención, uno entre Davoust y Bragatión, y el otro entre Murat y Tolstoy-Osterman, podemos cifrar las bajas del ejército francés en combate en 10.000 hombres como máximo, y por lo tanto las pérdidas por enfermedad y rezagados en el espacio de cincuenta y dos días, en una marcha de unas setenta millas en línea recta hacia el frente, ascendieron a 95.000, es decir, la tercera parte de todo el ejército.
Tres semanas más tarde, en el momento de la batalla de Borodinó, la pérdida ascendía a 144.000 (incluidas las bajas de la batalla), y ocho días después de eso nuevamente, en Moscú, el número era de 198.000. Las pérdidas de este ejército en general fueron al comienzo de la campaña a razón de 1/150 diaria, posteriormente aumentaron a 1/120, y en el último período se incrementaron a 1/19 de la fuerza original.
El movimiento de Napoleón desde el cruce del Niemen hasta Moscú ciertamente puede calificarse de persistente; aun así, no debemos olvidar que duró ochenta y dos días, lapso en el cual solo recorrió 120 millas, y que el ejército francés hizo en dos ocasiones altos regulares, la primera en Vilna durante unos catorce días, y la segunda en Vítebsk durante unos once días, periodos en los cuales muchos rezagados tuvieron tiempo de reincorporarse.
Este avance de catorce semanas no se realizó en la peor estación del año, ni por los peores caminos, ya que era verano y las rutas por las que marchaban eran en su mayoría de arena. Fueron la inmensa masa de tropas concentradas en un solo camino, la falta de subsistencia suficiente y un enemigo que estaba en retirada, pero de ningún modo en huida, las condiciones adversas.
De la retirada del ejército francés desde Moscú hasta el Niemen no diremos nada, pero esto sí podemos mencionar: el ejército ruso que lo seguía salió de Kaluga con 120.000 hombres y llegó a Vilna con 30.000. Todo el mundo sabe cuántos pocos hombres se perdieron en combates reales durante ese período.
Un ejemplo más de la campaña de Blücher de 1813 en Silesia y Sajonia, una campaña muy notable no por ninguna marcha larga, sino por la cantidad de marchas de un lado para otro. El cuerpo de ejército de York, perteneciente al ejército de Blücher, comenzó esta campaña el 16 de agosto con unos 40.000 hombres, y quedó reducido a 12.000 en la batalla de Leipzig, el 19 de octubre. Los principales combates que este cuerpo libró en Goldberg, Lowenberg, en el Katsbach, en Wartenburg y Mockern (Leipzig) le costaron, según la autoridad de los mejores escritores, 12.000 hombres. De acuerdo con esto, sus pérdidas por otras causas en ocho semanas ascendieron a 16.000, es decir, dos quintas partes del total.
Debemos, por lo tanto, hacernos a la idea de un gran desgaste de nuestras propias fuerzas; si hemos de llevar a cabo una guerra rica en movimientos, debemos organizar el resto de nuestro plan en consecuencia y, sobre todo, los refuerzos que han de seguir.