Mientras no tengamos un conocimiento personal de la Guerra, no podemos concebir dónde radican esas dificultades de las que tanto se habla, y qué tienen que ver realmente ese genio y esas extraordinarias facultades mentales requeridas en un general.
Todo parece tan sencillo, todas las ramas del conocimiento necesarias parecen tan claras, todas las combinaciones tan insignificantes, que, en comparación con ellas, el problema más fácil de las matemáticas superiores nos impresiona con cierta dignidad científica.
Pero si hemos visto la Guerra, todo se vuelve comprensible; y aun así, después de todo, resulta extremadamente difícil describir qué es lo que provoca este cambio, especificar ese factor invisible y plenamente eficaz.
Todo es muy sencillo en la guerra, pero lo más sencillo es difícil. Estas dificultades se acumulan y producen una fricción que ningún hombre puede imaginar exactamente si no ha visto la guerra. Supongamos ahora a un viajero que hacia el anochecer espera realizar las dos últimas etapas del final de su viaje diario, cuatro o cinco leguas, con postas, por el camino real; no es nada. Llega ahora a la penúltima estación, no encuentra caballos, o son muy malos; luego un país accidentado, malos caminos; es una noche oscura y se alegra cuando, tras muchísimos apuros, llega a la siguiente estación y encuentra allí un alojamiento miserable. Así ocurre en la guerra, por la influencia de una infinidad de circunstancias insignificantes que no se pueden describir adecuadamente