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CAPÍTULO VII. Objeto limitado: guerra ofensiva

Aun cuando el derrocamiento completo del enemigo no pueda ser el objetivo, todavía puede haber uno que sea directamente positivo, y este objetivo positivo no puede ser otro que la conquista de una parte del territorio enemigo.

La utilidad de semejante conquista es esta: que debilitamos los recursos del enemigo en general y, por lo tanto, por supuesto, su poder militar, mientras aumentamos los nuestros; que, en consecuencia, llevamos a cabo la guerra, hasta cierto punto, a sus expensas; y además, de este modo, que en las negociaciones de paz, la posesión de las provincias del enemigo puede considerarse como una ganancia neta, ya que podemos conservarlas o intercambiarlas por otras ventajas.

Esta visión de la conquista de las provincias del enemigo es muy natural, y no se le podría hacer ninguna objeción si no fuera por el hecho de que la actitud defensiva, que debe suceder a la ofensiva, a menudo puede causar inquietud.

En el capítulo sobre el punto culminante de la victoria hemos explicado suficientemente el modo en que semejante ofensiva debilita la fuerza combatiente, y que a esta puede seguirle una situación que suscite inquietud respecto al futuro.

Este debilitamiento de nuestra fuerza combatiente mediante la conquista de una parte del territorio enemigo tiene sus grados, los cuales dependen principalmente de la posición geográfica de esta porción de territorio. Cuanto más sea un apéndice de nuestro propio país, al ser contiguo a él o estar abarcado por el mismo, cuanto más se encuentre en la dirección de nuestra fuerza principal, tanto menor será el debilitamiento de nuestra fuerza combatiente.

En la Guerra de los Siete Años, Sajonia fue un complemento natural del teatro de operaciones prusiano, y el ejército de Federico el Grande, en lugar de verse debilitado, se vio fortalecido por la posesión de dicha provincia, porque se encuentra más cerca de Silesia que de la Marca y, al mismo tiempo, cubre a esta última.

Aun en 1740 y 1741, después de que Federico el Grande hubo conquistado Silesia, esto no debilitó a su ejército en campaña porque, debido tanto a su forma y situación como al contorno de su línea fronteriza, solo presentaba un punto estrecho a los austriacos, en tanto estos no fueran dueños de Sajonia, y además de eso, este pequeño punto de contacto también se hallaba en la dirección de las operaciones principales de las fuerzas en conflicto.

Si, por otra parte, el territorio conquistado es una franja que asciende entre provincias hostiles, tiene una posición excéntrica y una configuración del terreno desfavorable, entonces el debilitamiento aumenta de forma tan visible que una batalla victoriosa no solo se le vuelve mucho más fácil al enemigo, sino que incluso puede llegar a ser innecesaria.

Los austriacos se han visto siempre obligados a evacuar Provenza sin presentar batalla cuando la han atacado desde Italia. En el año 1744, los franceses se dieron por muy satisfechos con tan solo poder salir de Bohemia sin haber perdido una batalla. En 1758, Federico el Grande no pudo mantener su posición en Bohemia y Moravia con la misma fuerza con la que había obtenido tan brillantes éxitos en Silesia y Sajonia en 1757. Los ejemplos de ejércitos que no han podido conservar la posesión de un territorio conquistado únicamente porque su fuerza combatiente se vio muy debilitada por ello son tan comunes que no parece necesario citar más.

Por lo tanto, la cuestión de si debemos aspirar a semejante objetivo depende de si podemos esperar mantener la posesión de la conquista o de si una ocupación temporal (invasión, diversión) compensaría el gasto de fuerza requerido; en especial, de si no debemos temer un contragolpe tan vigoroso que destruya por completo el equilibrio de fuerzas. En el capítulo sobre el punto culminante hemos tratado de la consideración debida a esta cuestión en cada caso particular.

Solo hay un punto que todavía tenemos que añadir.

Una ofensiva de esta índole no siempre nos compensará por lo que perdemos en otros frentes. Mientras estamos empeñados en lograr una conquista parcial, el enemigo puede estar haciendo lo mismo en otros puntos, y si nuestra empresa no supera con creces en importancia, entonces no obligará al enemigo a abandonar la suya.

Es, por lo tanto, una cuestión digna de seria consideración el saber si podemos perder más de lo que ganamos en un caso de esta descripción.

Aun suponiendo que dos provincias (una a cada lado) sean de igual valor, siempre perderemos más con la que el enemigo nos arrebata que lo que podemos ganar con la que nosotros tomamos, porque una parte de nuestras fuerzas se convierte hasta cierto punto en faux frais, en inútiles.

Pero como lo mismo ocurre del lado del enemigo, cabría suponer que en realidad no hay motivo para conceder más importancia a la conservación de lo que es propio que a la conquista.

Sin embargo, sí lo hay. La conservación de nuestro propio territorio es siempre un asunto que nos concierne más profundamente, y los sufrimientos infligidos a nuestro propio Estado no pueden ser compensados, ni hasta cierto punto neutralizados, por lo que ganamos a cambio, a menos que esto último prometa un alto porcentaje, es decir, sea mucho mayor.

La consecuencia de todo esto es que un ataque estratégico dirigido contra un objetivo tan solo moderado entraña una mayor necesidad de tomar medidas para defender otros puntos que no cubre directamente que uno dirigido contra el centro de la fuerza del enemigo; por consiguiente, en un ataque de este tipo la concentración de fuerzas en el tiempo y en el espacio no puede llevarse a cabo hasta el mismo grado.

Para que pueda tener lugar, al menos en lo que respecta al tiempo, se hace necesario que el avance se realice ofensivamente desde todos los puntos posibles, y exactamente en el mismo momento; y por tanto este ataque pierde la otra ventaja de poder arreglárselas con una fuerza mucho menor actuando a la defensiva en puntos determinados.

De este modo, el efecto de apuntar a un objetivo menor es nivelarlo todo más: el acto bélico en su conjunto ya no puede concentrarse en un único asunto principal que pueda regirse según puntos de vista rectores; está más disperso; la fricción se hace mayor en todas partes y hay en todas partes más margen para el azar.

Esta es la tendencia natural de las cosas. El comandante, abrumado por ella, se halla cada vez más neutralizado. Cuanto más consciente es de sus propias potencias, mayores son sus recursos subjetivos y su poder objetivo, tanto más buscará liberarse de esta tendencia para conferir a un punto determinado una importancia preponderante, aun cuando esto solo sea posible corriendo mayores riesgos.

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