Ahora consideraremos el ataque y la defensa por separado, hasta donde puedan separarse el uno de la otra. Comenzamos por la defensa por las razones siguientes: es ciertamente muy natural y necesario basar las reglas de la defensa en las de la ofensiva, y viceversa; sin embargo, uno de los dos debe tener aún un tercer punto de partida si toda la cadena de ideas ha de tener un comienzo, es decir, ha de ser posible. La primera cuestión concierne a este punto.
Si reflexionamos filosóficamente sobre el comienzo de la guerra, el concepto de guerra propiamente no se origina con la ofensiva, ya que esa forma tiene como objeto absoluto, no tanto el combate, como la toma de posesión de algo.
La idea de guerra surge primero mediante la defensiva, pues esa forma tiene la batalla por objeto directo, ya que repeler y combatir son lisa y llanamente una misma cosa. La acción de repeler se dirige enteramente contra el ataque; por lo tanto, lo supone necesariamente; pero el ataque no se dirige contra la acción de repeler; se dirige a otra cosa: la toma de posesión; consiguientemente, no presupone la acción de repeler.
Está, por tanto, en la naturaleza de las cosas que la parte que primero pone en acción el elemento de la guerra, la parte desde cuyo punto de vista se conciben por primera vez dos bandos opuestos, establezca también las primeras leyes de la guerra, y esa parte es el defensor.
No estamos hablando de ningún caso particular; solo tratamos con un caso general, abstracto, que la teoría imagina para determinar el rumbo que debe tomar.
Por esto sabemos ahora dónde buscar este punto fijo, fuera e independiente del efecto recíproco del ataque y de la defensa, y que se encuentra en la defensa.
Si esto es una consecuencia lógica, la defensa debe tener motivos de acción, aun cuando todavía no sepa nada de las intenciones del ataque; y estos motivos de acción deben determinar la organización de los medios de combate.
Por otra parte, mientras el ataque no sepa nada de los planes de su adversario, no existen motivos de acción para él, ni fundamentos para la aplicación de sus medios militares. No puede hacer otra cosa que llevar consigo dichos medios, es decir, tomar posesión por medio de su ejército.
Y así es también de hecho; pues transportar el aparato de la guerra no es usarlo; y el atacante que lleva consigo tales cosas, bajo la suposición bastante general de que puede necesitar usarlas, y que, en lugar de tomar posesión de un país mediante funcionarios y proclamas oficiales, lo hace con un ejército, no ha cometido aún, hablando propiamente, ningún acto bélico; pero el defensor que reúne su aparato de guerra y lo dispone con vistas al combate es el primero en ejecutar un acto que realmente concuerda con la concepción de la guerra.
La segunda cuestión es ahora: ¿cuál es, en teoría, la naturaleza de los motivos que deben surgir primero en la mente del defensor, antes de pensar en el ataque mismo?
Evidentemente, el avance realizado con vistas a tomar posesión, que hemos imaginado ajeno a la guerra, pero que es el fundamento del capítulo inicial.
La defensa debe oponerse a este avance; por lo tanto, en la idea debemos conectar dicho avance con el territorio (país); y así surgen las primeras medidas, de carácter más general, de la defensa.
Una vez establecidas estas, sobre ellas se funda la aplicación de la ofensiva y, a partir de la consideración de los medios que la ofensiva aplica entonces, se deducen a su vez nuevos principios de la defensa.
He aquí la acción recíproca que la teoría puede seguir en su investigación, siempre que halle que los nuevos resultados producidos merecen ser examinados.
Este pequeño análisis era necesario para dar mayor claridad y estabilidad a lo que sigue, tal como es; no está hecho para el campo de batalla, ni tampoco para los generales del porvenir; es solo para el ejército de teóricos, que hasta ahora han tomado el tema con demasiada ligereza.