En 1887, Alemania estuvo al borde mismo de la guerra con Francia y Rusia. En aquel momento, su superior eficacia, consecuencia de este sentido innato del deber —sin duda una de las más altas cualidades de la humanidad—, era tan grande que resulta más que probable que menos de seis semanas habrían bastado para poner a los franceses de rodillas. En efecto, tras las primeras dos semanas habría sido posible empezar a trasladar tropas del Rin al Niemen; y el mismo caso puede volver a presentarse. Pero si a Francia y a Rusia se les hubiera dado siquiera diez días de aviso, el plan alemán habría quedado completamente frustrado. Francia por sí sola podría haber reclamado entonces todos los esfuerzos que Alemania fuera capaz de desplegar para derrotarla.
Sin embargo, hay políticos en Inglaterra tan groseramente ignorantes de la lectura alemana de las lecciones napoleónicas que esperan que esa nación sacrifique la enorme ventaja que ha preparado mediante todo un siglo de abnegación y patriotismo práctico apelando a un