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CAPÍTULO XXX. Defensa de un teatro de guerra (continuación). Cuando no se busca ninguna decisión.

Como la mayoría de las guerras entre estados civilizados han tenido por objeto la observación del enemigo más que su destrucción, era, por tanto, natural que el mayor número de las campañas presentase el carácter de maniobra estratégica.

Aquellas entre ellas que no sacaron a relucir a ningún general renombrado no atrajeron ninguna atención; pero donde hubo un gran comandante en quien se fijaban todas las ojos, o dos enfrentados el uno al otro, como Turenne y Montecuculi, allí el sello de la perfección ha quedado impreso en todo este arte de la maniobra a través de los nombres de estos generales.

Una consecuencia ulterior ha sido entonces que este juego ha sido considerado como la cumbre del arte, como la manifestación de su más alta perfección y, consecuentemente también, como la fuente en la que el arte de la guerra debe estudiarse principalmente.

Esta opinión prevalecía casi universalmente en el mundo teórico antes de las guerras de la Revolución Francesa. Pero cuando estas guerras abrieron de golpe a la vista un mundo de fenómenos en la guerra completamente diferente, al principio un tanto tosco y salvaje, pero que después, bajo Buonaparte sistematizado en un método a gran escala, produjo resultados que causaron asombro entre jóvenes y ancianos, entonces la gente se liberó de los viejos modelos y creyó que todos los cambios que veían se debían a descubrimientos modernos, ideas magníficas, etc.; pero también al mismo tiempo, ciertamente, a los cambios en el estado de la sociedad. Se pensaba ahora que lo antiguo nunca más sería necesario y ni siquiera volvería a aparecer. Pero como en tales revoluciones de opiniones se forman siempre dos partes, así ocurrió también en este caso, y las viejos puntos de vista encontraron sus defensores, que veían los nuevos fenómenos como golpes groseros de fuerza bruta, como una decadencia

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