Ninguna batalla puede tener lugar a menos que sea por consentimiento mutuo; y en esta idea, que constituye toda la base de un duelo, se encuentra la raíz de cierta fraseología empleada por los escritores históricos, la cual conduce a muchos conceptos imprecisos y falsos.
Según la opinión de los escritores a quienes nos referimos, ha sucedido con frecuencia que un Comandante ha ofrecido batalla al otro, y este último no la ha aceptado.
Pero el combate es un duelo muy modificado, y su fundamento no radica meramente en el deseo mutuo de luchar, es decir, en el consentimiento, sino en los objetivos vinculados al combate: estos pertenecen siempre a un todo mayor, y tanto más cuanto que incluso toda la guerra considerada como una «unidad de combate» posee objetivos y condiciones políticas que pertenecen a un punto de vista superior.
El mero deseo de vencerse mutuamente pasa a ocupar, por tanto, una posición muy subordinada, o más bien deja por completo de ser algo por sí mismo y se convierte únicamente en el nervio que transmite el impulso de la acción desde la voluntad superior.
Entre los antiguos, y más tarde también durante el primer periodo de los ejércitos permanentes, la expresión de que le habíamos ofrecido batalla al enemigo en vano tenía más sentido que el que tiene ahora. Entre los antiguos todo se organizaba con vistas a medir las fuerzas mutuas en campo abierto, libres de cualquier cosa que pudiera