Así pues, Hombres de Estado y Generales se han esforzado en todo tiempo por evitar la batalla decisiva, procurando ya alcanzar su objetivo sin ella, ya abandonando dicho objetivo de manera imperceptible. Los escritores de historia y de teoría se han ocupado entonces de descubrir en algún otro aspecto de estas campañas no solo un equivalente a la decisión por la batalla que se ha evitado, sino incluso un arte superior.
De este modo, en la época actual, se estuvo muy cerca de considerar que una batalla en la economía de la guerra era un mal, hecho necesario por algún error cometido, un paroxismo mórbido al que un sistema de guerra regular y prudente nunca conduciría: solo debían merecer laureles aquellos generales que supieran hacer la guerra sin derramar sangre, y la teoría de la guerra —un verdadero asunto de brahmanes— debía dirigirse especialmente a enseñar esto.
La historia contemporánea ha destruido esta ilusión,(*) pero nadie puede garantizar que tarde o temprano no vuelva a reproducirse, y conduzca a quienes están al frente de los asuntos públicos a perversidades que halagan la debilidad del hombre y que, por tanto, guardan una mayor afinidad con su naturaleza. Tal vez, más adelante, las campañas y batallas de Buonaparte sean consideradas como meros actos de barbarie y estupidez, y volvamos una vez más, con satisfacción y confianza, a la espada de ceremonia de instituciones y formas obsoletas y mohosas. Si la teoría advierte en contra de esto, entonces presta un servicio real a quienes escuchan su voz de advertencia.
¡Ojalá logremos echar una mano a aquellos que en nuestra querida tierra natal están llamados a hablar con autoridad sobre estos asuntos, para ser sus guías en este campo de investigación y animarles a hacer un examen sincero del tema!(**)
No solo la concepción de la guerra, sino también la experiencia, nos lleva a buscar una gran decisión únicamente en una gran batalla.