preliminar de la batalla se incluía en esta primera disposición o formación. Hecho este trabajo, era, por tanto, difícil realizar cualquier modificación para adaptarse a las nuevas circunstancias que pudieran surgir; de esto se seguía que el atacante, al ser el último en formar su línea de batalla, la adaptaba naturalmente al orden de batalla adoptado por el enemigo, sin que este último pudiera a su vez modificar el suyo en concordancia. El ataque adquiría así una superioridad general, y la defensiva no tenía otro medio de restablecer el equilibrio que el de buscar la protección de los impedimentos del terreno, y para esto nada había tan favorable por lo general como el terreno montañoso. Así se convirtió en un objetivo acoplar, por decirlo así, al ejército con un obstáculo formidable del terreno, y ambos unidos hacían entonces causa común. El batallón defendía la montaña, y la montaña el batallón; de modo que la defensa pasiva mediante la ayuda del terreno montañoso se volvía altamente eficaz, y no había otro mal en la cosa misma salvo que conllevaba una mayor pérdida de libertad de movimiento, pero de esa cualidad no comprendían el uso particular en aquel tiempo.
Cuando dos sistemas antagónicos actúan el uno sobre el otro, el punto expuesto, es decir, el punto débil de un lado, atrae siempre sobre sí los golpes del otro lado. Si la defensa se vuelve fija y, por decirlo así, hechizada en posiciones que son en sí mismas fuertes y no pueden ser tomadas, el agresor cobra entonces audacia en los movimientos de repliegue, porque no abriga ningún temor por sus propios flancos. Esto fue lo que ocurrió: el flanqueo, como se le llamaba, pronto estuvo a la orden del día; para contrarrestarlo, las posiciones se extendieron cada vez más; de este modo se debilitaron en el frente, y la ofensiva se volvió repentinamente contra dicha parte: en lugar de intentar desbordar mediante