únicamente ante ellos, la energía en las marchas forzadas, la osadía en los ataques repentinos, la actividad intensificada que las grandes almas adquieren en el momento de peligro, estos son los fundamentos de tales victorias; ¿y qué tienen que ver estos con la capacidad de hacer un cálculo exacto de dos cosas tan simples como el tiempo y el espacio?
Pero incluso este juego de fuerzas en rebote, «cuando las victorias de Rosbach y Montmirail dan el impulso a las victorias de Leuthen y Montereau», en el que los grandes generales a la defensiva han confiado a menudo, es todavía, si queremos ser claros y exactos, solo un acontecimiento raro en la historia.
Mucho más frecuentemente la superioridad relativa —es decir, la hábil combinación de fuerzas superiores en el punto decisivo— tiene su fundamento en la justa apreciación de dichos puntos, en la dirección sensata que por este medio se ha dado a las fuerzas desde un principio, y en la resolución requerida para sacrificar lo poco importante en beneficio de lo importante; es decir, para mantener las fuerzas concentradas en una masa arrolladora. En esto, Federico el Grande y Buonaparte son particularmente característicos.
Creemos que ahora hemos atribuido a la superioridad numérica la importancia que le corresponde; debe ser considerada como la idea fundamental, a la que siempre hay que aspirar antes que a nada y en la medida de lo posible.
Pero considerarla por este motivo como una condición necesaria de la victoria sería una idea completamente equivocada de nuestra exposición; en la conclusión que debe extraerse de ella no hay nada más que el valor que debe atribuirse a la fuerza numérica en el combate. Si dicha fuerza se hace lo más grande posible, entonces se satisface la máxima; un examen del conjunto de las relaciones debe decidir entonces si el combate debe evitarse o no por falta de fuerza suficiente.(*)