caso contrario (como en la generalidad de los casos), la relación de la fuerza numérica será decisiva. Hay amplia prueba, en la historia militar, de que lo ha sido hasta ahora, y ello sin la cadena de razonamientos mediante la cual se ha expuesto aquí; por lo tanto, de manera intuitiva por mero tacto de juicio, como la mayoría de las cosas que ocurren en la guerra. Fue el mismo general quien, al frente del mismo ejército y en el mismo teatro de guerra, libró la batalla de Hohenfriedberg y en otra ocasión estableció el campamento de Bunzelwitz. Por lo tanto, incluso Federico el Grande, un general inclinado sobre todo a la ofensiva en lo que respecta a la batalla, se vio obligado al fin, ante una gran desproporción de fuerzas, a recurrir a una posición verdaderamente defensiva; y a Buonaparte, que en otro tiempo solía abalanzarse sobre su enemigo como un jabalí, ¿no lo hemos visto, cuando la proporción de fuerzas se volvió en su contra en agosto y septiembre de 1813, volverse de un lado a otro como si estuviera encerrado en una jaula, en lugar de lanzarse precipitadamente contra alguno de sus adversarios? Y en octubre del mismo año, cuando la desproporción llegó a su clímax, ¿no lo hemos visto en Leipzig, buscando refugio en el ángulo formado por el Parthe, el Elster y el Pleisse, esperando por así decirlo a su enemigo en el rincón de una habitación, con la espalda contra la pared?
No podemos dejar de observar que de este capítulo, más que de cualquier otro de nuestro libro, se desprende claramente que nuestro objetivo no es establecer nuevos principios y métodos para hacer la guerra, sino investigar meramente lo que ha existido desde antiguo en sus relaciones más íntimas y reducirla a sus elementos más simples.