¿No debían estas diferentes circunstancias dar lugar a consideraciones muy distintas? ¿No debían en los años 1805, 1806 y 1809 haber señalado la extremidad del desastre como una posibilidad muy cercana, es más, incluso una grandísima probabilidad, y no debían al mismo tiempo haber conducido a planes y medidas muy diferentes de cualquiera que apuntara meramente a la conquista de un par de fortalezas o una provincia insignificante?
No lo hicieron en un grado proporcional a su importancia, a juzgar por sus armamentos, aunque tanto Austria como Prusia sentían que se gestaban tormentas en la atmósfera política.
No pudieron hacerlo porque aquellas relaciones en aquel entonces aún no se habían desarrollado con la misma claridad con que la historia lo ha hecho desde entonces. Son precisamente esas mismas campañas de 1805, 1806, 1809 y las siguientes las que nos han facilitado formarnos una concepción de la guerra absoluta moderna en su energía destructora.
La teoría exige, por tanto, que al comienzo de toda guerra se definan su carácter y sus líneas principales de acuerdo con lo que las condiciones y relaciones políticas nos permitan prever como probable.
Cuanto más se aproxime su carácter, según dicha probabilidad, a la forma de la guerra absoluta, cuanto más abarque su trazado a la masa de los Estados beligerantes y los arrastre al vórtice, tanto más completa será la relación de los acontecimientos entre sí y con el conjunto, pero tanto más necesario será también no dar el primer paso sin pensar en cuál podrá ser el último.