La mera idea del objetivo por el cual se han tomado las armas rara vez es suficiente para vencer esta fuerza de resistencia, y si al frente no hay un espíritu audaz y guerrero, que se sienta en la guerra en su elemento natural, tanto como un pez en el océano, o si no existe la presión desde arriba de una gran responsabilidad, entonces el estancamiento estará a la orden del día, y el progreso será la
La segunda causa es la imperfección de la percepción y del juicio humanos, que en la guerra es mayor que en ninguna otra parte, porque uno apenas sabe con exactitud su propia posición de un momento a otro, y solo puede conjeturar por leves indicios la del enemigo, que es ocultada a propósito; esto da pie a menudo a que ambas partes consideren un mismo y único objeto como ventajoso para ellas, cuando en realidad el interés de una debe prevalecer; de este modo, cada cual puede creer que obra con prudencia al esperar un momento más, como ya hemos dicho en el quinto capítulo del segundo libro.
La tercera causa que actúa, como la rueda de trinquete en una maquinaria, produciendo de vez en cuando una detención completa, es la mayor solidez de la forma defensiva. A puede sentirse demasiado débil para atacar a B, de lo cual no se sigue que B sea lo suficientemente fuerte para atacar a A. El incremento de fuerza que otorga la defensiva no solo se pierde al pasar a la ofensiva, sino que también pasa al enemigo de la misma manera que, expresado figuradamente, la diferencia entre a + b y a – b es igual a 2b. Por consiguiente, puede suceder que ambas partes, al mismo tiempo, no solo se sientan demasiado débiles para atacar, sino que también lo sean en realidad.
Así, incluso en medio del acto mismo de la Guerra, la sagacidad prudente y el > temor a un peligro demasiado grande hallan un terreno ventajoso mediante