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CAPÍTULO XVIII. Defensa de arroyos y ríos

Bajo estas condiciones, por lo tanto, un ejército a la defensiva, situado detrás de un gran río o de un valle profundo de laderas empinadas, se encuentra en una posición excelente, y este tipo de defensa fluvial es una medida estratégica de la mejor especie.

Su defecto (el punto en el cual el defensor es muy propenso a equivocarse) es la sobreextensión de la fuerza defensiva. Es muy natural en tal caso verse arrastrado de un punto de paso a otro, y no atinar con el punto exacto donde deberíamos detenernos; pero entonces, si no logramos presentar combate con todo el ejército unido, no alcanzamos el efecto deseado; una derrota en la batalla, la necesidad de retirada, la confusión de muchas maneras y las pérdidas reducen al ejército casi a la ruina, aun cuando la resistencia no se haya llevado hasta el extremo.

Al decir que el que está a la defensiva, bajo las condiciones anteriores, no debe extender ampliamente sus fuerzas, que debe ser capaz en todo caso de reunir todas sus fuerzas en la tarde del día en que el enemigo pasa, se ha dicho lo suficiente, y esto puede valer por todas las combinaciones de tiempo, poder y espacio, cuestiones que, en este caso, deben depender de muchos puntos locales.

El combate al que conducen estas circunstancias debe tener un carácter especial: el de la mayor impetuosidad por parte del defensor. Los cruces fingidos mediante los cuales el enemigo lo mantendrá durante algún tiempo en la incertidumbre le impedirán, por lo general, descubrir el punto real de cruce ni un solo instante antes de tiempo. Las ventajas peculiares de la situación del defensor consisten en la situación desventajosa del cuerpo del enemigo situado inmediatamente

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