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CAPÍTULO XIII. Reserva estratégica

gran resultado hacia el final de todo el acto, mientras que la ley del uso simultáneo de las fuerzas en la estrategia, por el contrario, hace que el principal resultado (que no necesita ser el final) tenga lugar casi siempre al comienzo del gran acto (o acto total), entonces en estos tres resultados tenemos fundamentos suficientes para hallar que las reservas estratégicas son siempre más superfluas, siempre más inútiles, siempre más peligrosas cuanto más general sea su destino.

El punto en el que la idea de una reserva estratégica empieza a volverse incoherente no es difícil de determinar: radica en la DECISIÓN SUPREMA. Deben emplearse todas las fuerzas dentro del espacio de la decisión suprema, y cualquier reserva (fuerza activa disponible) destinada únicamente a ser utilizada después de dicha decisión va en contra del sentido común.

Si, por lo tanto, la táctica tiene en sus reservas los medios no sólo para hacer frente a disposiciones imprevistas por parte del enemigo, sino también para reparar aquello que nunca puede preverse, el resultado del combate, en caso de que este sea desfavorable; la estrategia, por otra parte, debe renunciar al uso de estos medios, al menos en lo que se refiere al resultado principal.

Por regla general, sólo puede reparar las pérdidas sufridas en un punto mediante ventajas obtenidas en otro, y en pocos casos trasladando tropas de un punto a otro; la idea de prever tales reveses colocando fuerzas en reserva de antemano jamás puede concebirse en la estrategia.

Hemos señalado como un absurdo la idea de una reserva estratégica que no ha de cooperar en el resultado principal, y como esto está tan fuera de toda duda, no nos habríamos dejado llevar por el análisis que hemos hecho en estos dos capítulos si no fuera porque, bajo el disfraz de otras ideas, parece algo mejor y hace su aparición con frecuencia. Una persona ve en ello la cúspide de la sagacidad y la previsión estratégicas; otra lo rechaza, y con ello la idea de cualquier reserva, en

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