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CAPÍTULO XX. El cordón

Tal situación debe considerarse siempre como un error; y los motivos por los cuales los generales se han visto seducidos poco a poco a consentir un pequeño puesto tras otro, son desdeñables en relación con el objetivo de un gran ejército; este punto de vista demuestra, a fin de cuentas, la posibilidad de semejante error. Que en realidad se trata de un error, es decir, de una apreciación equivocada de nuestra propia posición y la del enemigo, a veces no se advierte, y se habla de ello como de un sistema erróneo. Pero este mismo sistema, cuando se persigue con ventaja, o al menos sin causar daños, es aprobado en silencio. Todo el mundo alaba las campañas impecables del príncipe Enrique en la Guerra de los Siete Años, porque el rey las ha calificado así, aunque estas campañas exhiben los ejemplos más claros y más incomprensibles de cadenas de puestos tan extendidas que pueden llamarse cordones con tanta propiedad como cualquier otra que haya existido. Podemos justificar plenamente estas posiciones diciendo que el príncipe conocía a su oponente; sabía que no tenía que temer empresas de carácter decisivo por parte de aquel, y como el objetivo de su posición era, además, ocupar siempre el mayor territorio posible, llevó a cabo dicho objetivo hasta donde las circunstancias se lo permitían en modo alguno. Si el príncipe hubiera sufrido alguna vez un revés con una de estas telas de araña y hubiera tenido que lamentar una pérdida grave, no habríamos dicho que había seguido un sistema de guerra defectuoso, sino que se había equivocado en una medida y la había aplicado a un caso al que no era adecuada.

Mientras que así procuramos explicar cómo el llamado sistema de cordón puede ser empleado por la fuerza principal en un teatro de guerra, y cómo puede llegar a ser incluso una medida sensata y útil, y, por tanto, lejos de ser un absurdo, debemos, al mismo tiempo, reconocer que parece

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