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CAPÍTULO IX. La batalla

Como conclusión a este tema, debemos detenernos un momento en el punto en el que el valor del Comandante entra en una especie de conflicto con su razón.

Si, por un lado, el orgullo prepotente de un conquistador victorioso, si la voluntad inflexible de un espíritu naturalmente obstinado, si la enérgica resistencia de los sentimientos nobles no quieren ceder el campo de batalla, donde habrían de dejar su honor, por el otro, la razón aconseja no entregarlo todo, no jugárselo el todo por el todo, sino retener lo necesario para una retirada ordenada.

Por mucho que debamos estimar el valor y la firmeza en la guerra, y por pocas perspectivas de victoria que existan para quien no se resuelva a buscarla mediante el esfuerzo de todo su poder, aún hay un punto más allá del cual la perseverancia solo puede calificarse como una necedad desesperada y, por tanto, no puede merecer la aprobación de ningún crítico.

En la más célebre de todas las batallas, la de Belle-Alliance, Buonaparte empleó su última reserva en un esfuerzo por recuperar una batalla que ya no se podía recuperar. Gastó su último céntimo y luego, convertido en mendigo, abandonó tanto el campo de batalla como su corona.

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