mediante reconocimientos, patrullas, información de prisioneros y espías, fuentes en las que no se puede depositar una firme confianza porque la inteligencia así obtenida es siempre de fecha más o menos antigua, y la posición del enemigo puede haber cambiado entretanto. Además, con la táctica y el modo de acampar de tiempos pasados era mucho más fácil que ahora examinar la posición del enemigo. Una línea de tiendas es mucho más fácil de distinguir que una línea de chozas o un bivac; y un campamento en una línea de frente, desplegada completa y regularmente, también es más fácil que uno de divisiones formadas en columnas, el método empleado a menudo en la actualidad. Podemos tener el terreno en el que acampa una división de ese modo completamente a la vista y, sin embargo, no ser capaces de llegar a ninguna idea precisa.
Pero la posición por sí sola no es todo lo que queremos saber; las medidas que el defensor puede tomar en el curso del combate son igual de importantes y no consisten de ningún modo en meros disparos al azar.
Estas medidas también hacen que los ataques nocturnos sean más difíciles en las guerras modernas que antes, porque en estas campañas tienen una ventaja sobre las ya adoptadas.
En nuestros combates, la posición del defensor es más provisional que definitiva y, por esa razón, el defensor es más capaz de sorprender a su adversario con golpes inesperados de lo que podía hacerlo antes.(*)
Por tanto, lo que el atacante sabe de la defensa antes de un ataque nocturno es rara vez o nunca suficiente para suplir la falta de observación directa.
Pero el defensor tiene de su parte otra pequeña ventaja también, y es que se encuentra más como en su propio hogar que el atacante en el terreno que constituye su posición y, por consiguiente, al igual que el habitante de una habitación, encontrará el camino en la oscuridad con mayor