caso de que la destrucción de la fuerza del enemigo sea el objeto principal, la decisión se alcanza en el momento en que el vencedor deja de sentirse en un estado de desintegración, es decir, de inutilizabilidad hasta cierto punto, cuando, por lo tanto, ya no hay ninguna ventaja en utilizar los esfuerzos sucesivos de los que se habla en el capítulo doce del tercer libro. Por este motivo hemos dado aquí su lugar a la unidad estratégica de la
Una batalla, por tanto, en la que el atacante no ha perdido en absoluto su condición de orden y perfecta eficacia, o, al menos, solo en una pequeña parte de sus fuerzas, mientras que las fuerzas opuestas están, más o menos, desorganizadas en su totalidad, tampoco puede ser restablecida; y del mismo modo si el enemigo ha recuperado su eficacia.
Por consiguiente, cuanto menor es la parte de una fuerza que realmente ha entrado en combate, mayor es aquella porción que, a modo de reserva, ha contribuido al resultado tan solo con su presencia.
Tanto menor será la probabilidad de que una nueva fuerza del enemigo vuelva a arrebatarnos la victoria de las manos, y aquel comandante que lleve hasta el extremo en su ejército el principio de conducir el combate con la mayor economía de fuerzas y aprovechando al máximo el efecto moral de las reservas fuertes, transita por el camino más seguro hacia la victoria.
Debemos reconocer que los franceses en los tiempos modernos, especialmente cuando fueron conducidos por Buonaparte, demostraron una absoluta maestría en esto.
Además, el momento en que cesa la fase crítica del combate con el vencedor y se restablece su estado original de orden ocurre tanto más pronto cuanto menor es la unidad que manda. * Un piquete de caballería que persigue al enemigo a galope tendido reanudará en pocos minutos su orden adecuado, y