cuando ha de producirse realmente una decisión, y ambas partes la consideran inevitable. Pues solo mediante dicha decisión son alcanzados efectivamente los centros de gravedad de las fuerzas respectivas y el teatro de operaciones determinado por medio de ellos. Tan pronto como la idea de una solución decisiva desaparece, los centros de gravedad se neutralizan —en cierto sentido, de hecho, lo hace también el conjunto de las fuerzas armadas— y entonces la posesión de territorio, que constituye la segunda rama principal de todo el teatro de operaciones, pasa a ocupar un primer plano como objetivo directo. En otras palabras: cuanto menos se busca un golpe decisivo por ambas partes en una guerra, y cuanto más se trata meramente de una observación mutua, tanto más importante se vuelve la posesión del territorio, tanto más busca la defensa cubrirlo todo directamente y tanto más procura el atacante extender sus fuerzas en su avance.
Ahora no podemos ocultarnos el hecho de que la mayoría de las guerras y campañas se acercan mucho más a un estado de observación que a una lucha a vida o muerte, es decir, a un combate en el cual al menos uno de los contendientes emplea todos sus esfuerzos para lograr una decisión completa. Este último carácter solo se encuentra en las guerras del siglo XIX en tal grado que una teoría fundada en este punto de vista puede emplearse en relación con ellas. Pero como es improbable que todas las guerras futuras tengan este carácter, y cabe esperar más bien que muestren de nuevo una tendencia al carácter de observación, cualquier teoría, para ser útil en la práctica, debe prestar atención a eso. De ahí que comencemos con el caso en el que el deseo de una decisión impregna y guía el todo, por lo tanto con la guerra real, o si se nos permite