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CAPÍTULO XVI. Defensa de las montañas ( Continuación )

o pasos, lo que conduce siempre, en mayor o menor grado, a una guerra de cordones. Por consiguiente, deberíamos, de ser posible, evitar las montañas con la masa principal de nuestra fuerza, y dejarlas a un lado, o mantenerlas delante o detrás de nosotros.

Al mismo tiempo, creemos que, para las operaciones y los objetivos menores, existe un elemento de mayor solidez que se halla en el terreno montañoso; y tras lo que se ha dicho, no se nos acusará de incoherencia al sostener que tal país es el verdadero lugar de refugio para los débiles, es decir, para aquellos que ya no se atreven a buscar una decisión absoluta.

Por otra parte, de nuevo, las ventajas que obtiene de un país montañoso una tropa que desempeña un papel secundario no pueden ser compartidas por grandes masas de tropas.

Aun así, todas estas consideraciones difícilmente contrarrestarán las impresiones causadas en los sentidos. La imaginación, no solo de los inespertos, sino también de todos aquellos acostumbrados a los malos métodos de guerra, seguirá sintiendo en el caso concreto un temor tan abrumador hacia las dificultades que la naturaleza inflexible y retardadora del terreno montañoso opone a todos los movimientos del atacante, que difícilmente podrán considerar nuestra opinión sino como una paradoja de lo más singular. Por otra parte, entre quienes adoptan una visión general, la historia del siglo pasado (con su forma peculiar de hacer la guerra) reemplazará las impresiones de los sentidos y, por consiguiente, serán pocos los que dejen de aferrarse a la creencia de que Austria, por ejemplo, debería ser más capaz de defender sus Estados por el lado italiano que por el lado del Rin. En cambio, los franceses, que hicieron la guerra durante veinte años bajo un líder a la vez enérgico e indiferente a las consideraciones menores, y

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