Aun en 1812, en aquella grandísima entre todas las campañas, no faltaron al principio propósitos desacertados provenientes del uso de una escala de medida errónea.
En el cuartel general de Vilna había un grupo de hombres de alta alcurnia que insistía en librar una batalla en la frontera, para que ningún pie hostil pisara suelo ruso impunemente. Que esta batalla en la frontera podía perderse, es más, que se perdería, estos hombres ciertamente lo admitían; pues aunque no sabían que habría 300.000 franceses para enfrentarse a 80.000 rusos, aun así sabían que el enemigo era considerablemente superior en número.
El error principal radicaba en el valor que le atribuían a esta batalla; pensaban que sería una batalla perdida como tantas otras batallas perdidas, mientras que puede afirmarse con certeza que esta gran batalla en la frontera habría producido una sucesión de acontecimientos completamente distintos de los que realmente tuvieron lugar.
Incluso el campamento de Drissa fue una medida en cuya raíz yacía una medida de valor completamente errónea con respecto al enemigo. Si el ejército ruso se hubiera visto obligado a permanecer allí, habría quedado completamente aislado y cortado por todos lados, y entonces al ejército francés no le habrían faltado medios para obligar a los rusos a deponer las armas. El diseñador de aquel campamento jamás pensó en un poder y una voluntad a tal escala.
Pero aun Bonaparte usaba a veces un falso criterio. Después del armisticio de 1813 pensó en mantener a raya a los ejércitos subalternos de los aliados bajo el mando de Blücher y el Príncipe Heredero de Suecia