requiere, además de una gran fuerza de carácter, una gran claridad y firmeza de espíritu, y entre mil hombres notables, unos por su inteligencia, otros por su penetración, y otros de nuevo por su audacia o fuerza de voluntad, tal vez ni uno solo reunirá en sí mismo todas las cualidades que se exigen para elevar a un hombre por encima de la mediocridad en la carrera de general.
Puede parecer extraño, pero para todos los que conocen la Guerra en este aspecto, es un hecho indiscutible que se requiere mucha más fuerza de voluntad para tomar una decisión importante en la estrategia que en la táctica.
En esta última nos arrastra el momento; un comandante se siente llevado por una fuerte corriente, contra la cual no osaría luchar sin las consecuencias más destructivas, reprime los temores que surgen y se arriesga audazmente más allá.
En la estrategia, donde todo transcurre a un ritmo más lento, se deja más margen para nuestros propios temores y los de los demás, para las objeciones y las protestas, y en consecuencia también para los remordimientos inoportunos; y como en la estrategia no vemos las cosas como al menos a la mitad de ellas en la táctica, con el ojo vivo, sino que todo debe ser conjeturado y supuesto, las convicciones producidas son menos poderosas.
La consecuencia es que la mayoría de los generales, cuando deben actuar, se quedan atascados en dudas desconcertantes.
Ahora echemos una ojeada a la historia: a la campaña de 1760 de Federico el Grande, célebre por sus buenas marchas y maniobras; una obra maestra perfecta de habilidad estratégica, según nos dicen los críticos. ¿Hay realmente algo que deba hacernos perder la cabeza de admiración en el hecho de que el rey primero intente rodear el flanco derecho de