modo de ataque, ya sea convergente o no, según resulte ventajoso o de otro modo, debe considerarse una ventaja para la ofensiva en general. Pero esta elección es libre únicamente en la táctica; no siempre está permitida en la estrategia. En la primera, los puntos sobre los cuales se apoyan los flancos casi nunca son absolutamente seguros; pero muy frecuentemente lo son en la estrategia, como cuando el frente que debe defenderse se extiende en línea recta de un mar a otro, o de un territorio neutral a otro. En tales casos, el ataque no puede realizarse de forma convergente y la libertad de elección se ve limitada. Se halla limitada de un modo aún más embarazoso si el atacante se ve obligado a operar mediante líneas convergentes. Rusia y Francia no pueden atacar a Alemania de ningún otro modo que por líneas convergentes; por tanto, no pueden atacar con sus fuerzas unidas. Ahora bien, si damos por sentado que la forma concéntrica en la acción de las fuerzas es, en la mayoría de los casos, la forma más débil, entonces la ventaja que posee el atacante en su mayor libertad de elección puede quedar probablemente compensada por completo con la desventaja, en otros casos, de verse obligado a hacer uso de la forma más débil.
Pasamos a examinar más de cerca la acción de estas formas, tanto en táctica como en estrategia.
Se ha considerado como una de las principales ventajas de dar una dirección concéntrica a las fuerzas, es decir, operar desde la circunferencia de un círculo hacia el centro, que cuanto más avanzan las fuerzas, más se aproximan entre sí; el hecho es cierto, pero la supuesta ventaja no lo es; pues la tendencia a la unión se produce por igual en ambos lados; en consecuencia, el equilibrio no se altera.
Lo mismo ocurre en la dispersión de la fuerza mediante movimientos excéntricos.