Por último, está muy lejos de nuestra intención sostener que la conquista de un país montañoso sea más fácil que la de uno llano(*), a menos que una sola victoria bastara para postrar al enemigo por completo. Tras esta victoria sobreviene un estado de defensa para el vencedor, durante el cual el terreno montañoso debe resultar tan desventajoso para el agresor como lo fue para el defensor, y aun más. Si la guerra continúa, si llega asistencia extranjera, si el pueblo toma las armas, esta reacción cobrará fuerza en un país montañoso.
Aquí sucede como en la dióptrica: la imagen representada se vuelve más luminosa cuando se desplaza en cierta dirección, no, sin embargo, tanto como uno quiera, sino solo hasta alcanzar el foco; más allá de este, el efecto se invierte.
Si la defensa es más débil en las montañas, eso parecería ser una razón para que el atacante prefiera una línea de operaciones en las montañas. Pero esto rara vez ocurrirá, porque las dificultades para abastecer a un ejército, y las derivadas de los caminos, la incertidumbre acerca de si el enemigo aceptará el combate en las montañas, e incluso de si tomará una posición allí con su fuerza principal, tienden a neutralizar esa posible ventaja.