ambas partes cesaban casi por completo, constituían un límite claro para la actividad que se consideraba propia de una campaña.
Si las fuerzas opuestas estaban demasiado igualadas, o si el agresor era decididamente el más débil de los dos, entonces no se libraban ni batallas ni sitios, y todas las operaciones de la campaña giraban en torno al mantenimiento de ciertas posiciones y depósitos, y al agotamiento sistemático de determinadas regiones del país.
Mientras la guerra se condujo universalmente de este modo, y los límites naturales de su fuerza fueron tan cercanos y obvios, tan lejos de percibirse en ello nada absurdo, todo se consideraba en el orden más regular; y la crítica, que en el siglo XVIII comenzó a dirigir su atención al campo del arte de la guerra, se ocupaba de los detalles sin preocuparse mucho por el principio y el fin.
Así hubo eminencia y perfección de toda clase, y hasta el mariscal de campo Daun —a quien se debió principalmente que Federico el Grande alcanzara por completo su objetivo y que María Teresa fracasara por completo en el suyo— podía pasar todavía por un gran general. Solo de vez en es cuando hacía su aparición un juicio más penetrante, es decir, el sano sentido común reconocía que con fuerzas superiores debía lograrse algo positivo o la guerra está mal conducida, por mucho arte que se despliegue.
Así estaban las cosas cuando estalló la Revolución Francesa; Austria y Prusia intentaron su arte bélico diplomático; este muy pronto demostró ser insuficiente. Mientras que, según la manera habitual de ver las cosas, todas las esperanzas se depositaban en una fuerza militar muy limitada, en 1793 hizo su aparición una fuerza tal como nadie jamás había imaginado. La guerra se había convertido de repente otra vez en un asunto del pueblo, y el de un pueblo de treinta millones de habitantes, cada uno de